Me perdí en el fuego de tus ojos,
en esa llama callada que no consume, pero transforma,
como si en cada mirada tuya se abriera un abismo
donde el deseo aprende a pronunciar su propio nombre.
Me embriagué en el misterio de tu olor,
en esa fragancia que no pertenece a la tierra ni al tiempo,
sino a un instante suspendido
donde el cuerpo olvida su prudencia
y se rinde, lento, inevitable.
Recorrí las pendientes de tus curvas
como quien asciende una geografía sagrada,
con la devoción temblorosa de quien sabe
que cada centímetro es promesa
y cada promesa, un vértigo.
Tu presencia…
basta tu sola presencia
para desatar en mí un mundo antiguo y prohibido,
un territorio donde la razón se arrodilla
y la lujuria se alza como única ley.
Allí, en ese reino que nace de tu sombra,
soy otro: más feroz, más libre, más verdadero,
un hombre que no teme arder
si el fuego lleva tu nombre.
Y como Orfeo,
descendería sin dudar al corazón de la noche,
desafiaría a la muerte misma,
cruzaría el silencio de los abismos
solo por el eco de tu respiración.
Porque hay en ti algo más que carne y forma:
hay un llamado antiguo,
una fuerza que no se explica,
que no se niega,
que arrastra.
Y yo…
yo no quiero resistirme.
Prefiero perderme en ti,
una y otra vez,
hasta que el deseo deje de ser búsqueda
y se convierta, al fin,
en destino.
