No sé si lo sabías,
pero antes de ti
yo escribía.
Había palabras.
Había ritmo.
Había incluso cierta dignidad
en la forma en que ordenaba el mundo
para que cupiera en un poema.
Y entonces llegaste.
No hiciste ruido.
No anunciaste nada.
No prometiste desastre.
Pero desde entonces
algo se rompió.
Me dejaste sin lenguaje.
No es que no sienta—
eso sería más fácil.
Es que siento demasiado
y no alcanza ninguna palabra.
Es como si hubieras pasado
recogiendo todas mis metáforas,
una por una,
guardándolas en algún lugar
donde no puedo alcanzarte.
Y ahora escribo así:
a ciegas,
torpe,
como quien intenta recordar
un idioma que alguna vez dominó
pero ya no le responde.
Te quejo esto.
Formalmente, si hace falta.
Devuélveme lo que te llevaste:
mis imágenes,
mis pausas,
esa forma precisa de decir
sin tener que tocar.
O al menos préstamelas.
Déjame usarlas de vez en cuando,
como quien pide prestado un poco de aire
para no asfixiarse del todo.
Porque no es justo.
No es justo que ahora todo pase por ti,
que cada intento de escribir
termine chocando con tu nombre,
aunque no lo diga.
No es justo que incluso el silencio
tenga tu forma.
Y lo peor—
sí, hay algo peor—
es que sospecho
que no te llevaste nada.
Que todo sigue aquí,
pero reorganizado a tu alrededor,
como si mi voz
hubiera decidido orbitarnos
sin pedirme permiso.
Así que aquí estoy,
haciendo esta queja inútil,
este reclamo sin destino,
escribiendo peor
pero sintiendo más.
Y con una única condición
para retirar todo lo dicho:
si no vas a devolverme las palabras,
si no piensas prestarme las musas,
si de verdad vas a dejarme así—
entonces quédate.
Pero quédate completa.
Porque no pienso aprender
a escribir de nuevo
si no es contigo
arruinándolo todo
otra vez.
