Desliz semántico

by Poemas Godotte

Nadie se dio cuenta del momento exacto en que la ciudad empezó a olvidar, pero todos recuerdan la mañana en que el agua del grifo salió transparente y nadie supo decir cómo se llamaba

Yo vivía entonces en un cuarto piso sin ascensor. Las mañanas olían a café quemado del bar de abajo y a humedad del patio interior. Trataba de escribir cuentos que nadie leía, mientras escuchaba los pasos de la vecina del piso de arriba: un golpeteo insistente, descalzo, que me recordaba que no estaba solo aunque nunca nos hubiéramos hablado

Esa mañana ella bajó con una taza en la mano y me preguntó si en mi casa el agua todavía tenía nombre. La miré sin entender, hasta que intenté decir «agua» y la palabra se me quedó atascada en la garganta como una espina de pescado, dejando solo el gesto mudo de la boca y la sensación fría del líquido en la lengua

En los noticieros, el ministro apareció con traje oscuro y corbata perfecta. Usó palabras como «ajuste pasajero de la memoria colectiva» y «desliz semántico», moviendo las manos con la calma de quien explica un temblor pequeño. Detrás de él, en una pantalla, graficaban el fenómeno: líneas que subían y bajaban, porcentajes en rojo, un mapa con zonas sombreadas. Aseguró que el sistema disponía de copias de seguridad de todos los términos esenciales y que bastaría seguir los protocolos de rectificación para que el idioma volviera a encajar con la realidad

La vecina me dijo que se llamaba Irene, aunque luego reconoció que no estaba segura de si ese había sido siempre su nombre o si lo había elegido esa mañana, al bajar las escaleras con la taza vacía. Los pies fríos contra el cemento. La necesidad urgente de que alguien la mirara a los ojos y la llamara de algún modo que no se borrara al pronunciarlo

A partir de ese día empezamos a encontrarnos en el rellano con cualquier excusa: un grifo que goteaba, una bombilla fundida, un olor raro en el patio. Hablábamos de cosas pequeñas para no hablar del miedo grande que se nos pegaba al paladar cada vez que intentábamos nombrar el mundo y nos salía solo aire. La presión del agua en la ducha. El ruido del camión de la basura. El sabor del café aguado

Descubrimos muy pronto que los nombres se borraban de manera selectiva: primero los objetos inofensivos, luego las calles secundarias, más tarde los oficios. La gente seguía haciendo café, reparando coches, barriendo portales, pero nadie sabía ya cómo se llamaban esas acciones, y eso volvía todo levemente irreal, como si la ciudad se hubiera convertido en un ensayo clínico donde alguien probara cuánto lenguaje podía retirarse sin que el experimento colapsara

El ministro insistía, en ruedas de prensa cada vez más breves, en que no había motivo de alarma. El organismo encargado de custodiar el léxico esencial —el Instituto Nacional de la Memoria Nominal— conservaba registros maestros de todas las palabras importantes, alojados en servidores redundantes. Las emitía por radio cada noche, con voces neutras, para reforzar la adherencia ciudadana a la versión autorizada de la realidad. Yo escuchaba esas transmisiones desde la cocina, con el volumen bajo, y sentía que cada palabra repetida sonaba cada vez más hueca, como si el uso forzado las desgastara por dentro

Por las noches, Irene venía a mi casa con una libreta en blanco y me pedía que escribiera cualquier cosa que recordara con precisión: el nombre de un profesor de primaria, el olor agrio de una fruta abierta demasiado tiempo, la quemadura en la lengua al probar una sopa hirviendo. Luego copiaba cada frase con una caligrafía tensa, manchándose de tinta los dedos, como si al trazar las letras pudiera fijar no solo la palabra, sino la textura exacta de aquello que el resto del edificio empezaba a confundir

El rumor llegó en octubre: en un piso clausurado del centro, sin timbre ni felpudo, funcionarios sin rostro ordenaban las palabras en listas de acceso restringido. Se decía que, si un término desaparecía del registro maestro, la ciudad entera lo olvidaba al instante, como si nunca hubiera existido. Por eso algunos silencios en las ruedas de prensa eran más elocuentes que los comunicados, como si alguien probara qué pasaba al desconectar el idioma de su propio corazón

Una noche le propuse a Irene un juego absurdo: cerrar los ojos y decir en voz alta todas las palabras que aún nos parecieran sólidas. Ella dijo «escoba», «codo», «oscuridad», y yo respondí «campana», «rodilla», «madrugada». Luego ella añadió «lluvia sobre persianas» y yo «sábana pegada a la piel», y cuando abrimos los ojos teníamos la sensación de haber salvado algo mínimo pero imprescindible, como si hubiéramos rescatado náufragos de un mar que se tragaba diccionarios enteros

Al día siguiente, al bajar a la calle, vimos a un hombre discutir con un agente porque no recordaba la palabra que identificaba al objeto metálico que impedía el paso de los coches. El agente le señalaba la barra horizontal, el mecanismo de bisagra, el poste atornillado al suelo, pero ambos parecían incapaces de encontrar un término que los reconciliara con aquello. Al final el hombre cruzó la barrera invisible del lenguaje y fue detenido. «Desobediencia nominativa», decía el parte que alguien rellenó sin levantar la vista.

Cuando los periódicos comenzaron a publicar listas oficiales de vocablos autorizados —palabras que debían repetirse a coro cada mañana en las escuelas, las oficinas y los cuarteles—, supe que el fenómeno había dejado de ser un accidente y se había convertido en un dispositivo. Quien controlara la lista podía decidir qué cosas merecían existir y qué cosas se disolverían en el anonimato hasta volverse impronunciables. La tinta del diario olía a tinta de siempre, pero el papel llevaba la textura nueva de las órdenes disfrazadas de catálogo

Irene, que trabajaba en una biblioteca de barrio, empezó a traer libros mutilados: ediciones en las que faltaban palabras enteras, páginas en blanco donde antes había poemas, prólogos convertidos en índices de términos obsoletos. Los apilábamos en el suelo de mi sala y nos sentábamos en medio, con las rodillas tocándose sin querer, tratando de reconstruir una lengua enterrada bajo decretos, dejando que el polvo del papel nos manchara las manos como si fuera ceniza o prueba forense

Con el tiempo dejamos de buscar pretextos para vernos y nos lo dijimos con una torpeza casi tierna: «me gusta cómo dices las palabras que todavía quedan», murmuró ella una tarde en que el edificio olía a sopa y lejía, y yo supe que, si alguna vez llegábamos a olvidar la palabra «amor», seguiría reconociendo el gesto que la había sostenido, la curva que hacía su voz cuando me llamaba desde la escalera y el modo en que me tocaba el hombro para comprobar que seguía ahí

Se proclamó entonces la creación del Registro Prioritario de Conceptos: una lista reducida de ideas que debían preservarse a toda costa. «Orden», «seguridad», «progreso», «estabilidad». Otras fueron etiquetadas como «inestables», «ambiguas» o «prescindibles», y se recomendaba su paulatina retirada del habla cotidiana. La palabra «duda» desapareció de los manuales escolares. Nadie anunció nada. Simplemente dejó de estar, como si hubiera sido corregida en una versión silenciosa del archivo

La primera vez que noté un hueco en nuestro propio vocabulario fue una tarde de lluvia: quise decir que tenía miedo y la frase se me partió en la boca, como si alguien hubiera serruchado las sílabas. Irene me miró con los ojos llenos de una palabra que tampoco lograba pronunciar, los dedos temblándole alrededor de la taza caliente. Entonces nos abrazamos en el pasillo, torpemente, apoyando la frente en el hombro del otro, como quien intenta escribir a mano algo que lleva años tecleando sin pensar

En el informativo de las nueve, el ministro anunció con serenidad que se había identificado un «foco de resistencia semántica» en ciertos barrios del centro. Grupos de ciudadanos se negaban a adoptar las nuevas listas y seguían usando términos no alineados. Los llamó «románticos del caos» y «saboteadores del consenso lingüístico». Habló de vectores de contagio, de la necesidad de reorientación. Prometió que pronto volvería a haber una sola lengua, limpia de interferencias

A esas alturas, Irene y yo ya habíamos convertido mi apartamento en un archivo clandestino: paredes cubiertas de papeles con palabras aisladas, frases colgando del techo con hilos de pescar, cajones llenos de etiquetas con nombres de olores y heridas. A veces temíamos que el peso de tanto significado acumulado hiciera colapsar el edificio. Pero enseguida recordábamos que, afuera, la ciudad se adelgazaba de sentido a una velocidad que ningún piso podía igualar, y que aquella densidad era nuestra única defensa

El Instituto Nacional de la Memoria Nominal anunció entonces una campaña de «clarificación»: durante una semana, altavoces instalados en las plazas recitarían en bucle la lista de palabras autorizadas, en una secuencia cuidadosamente calculada. Se pedía a los vecinos que repitieran las series en voz alta para sincronizar sus recuerdos con el registro maestro. Se advertía de que el silencio prolongado sería evaluado como un posible indicador de desconexión peligrosa

Las noches siguientes se volvieron una coreografía mínima: Irene se quedaba en mi sofá, envuelta en una manta que olía a detergente barato y a piel cansada, mientras yo fingía que escribía y ella subrayaba palabras al azar en los libros rescatados. Afuera, los altavoces repetían «orden, seguridad, progreso, estabilidad» como una letanía sin música. De vez en cuando nos mirábamos en silencio, contando hacia adentro cuántos términos nos quedaban todavía que no habían aprendido a obedecer

Al cabo de unos días, la campaña pareció funcionar. Los presentadores de televisión sonreían con una fluidez nueva, deslizándose entre palabras como si patinaran sobre hielo recién pulido. En la calle, las conversaciones se volvieron más suaves, casi acolchadas. Discutir sin matices es como boxear con guantes demasiado gruesos: se mueven los brazos, se hace ruido, pero nadie sangra

Una madrugada, cuando por fin la ciudad se calló un momento entre una emisión y otra, Irene se sentó al borde de mi cama y me tocó la frente, como si buscara fiebre o alguna señal de daño. No dijo nada, pero en su mirada estaba la pregunta que ninguno de los dos quería formular: cuánto tardaría el Instituto en descubrir que aún había apartamentos donde se pronunciaban palabras que no figuraban en la lista

La respuesta llegó en forma de golpe seco en la puerta, tres días después: hombres con chalecos grises y credenciales laminadas, muy amables, muy correctos. Se presentaron como «técnicos de evaluación lingüística» y nos ofrecieron, con sonrisa ensayada, un formulario. Mientras uno hacía preguntas sobre nuestro «uso responsable del idioma», otro recorrió el apartamento tomando notas en una tableta sobre la «densidad léxica del entorno», observando los papeles de las paredes con la mirada fría de quien inspecciona una filtración

Cuando se fueron, dejándonos un folleto a todo color sobre los beneficios de hablar «un idioma más ligero y eficiente», Irene rompió a reír de un modo que me dio más miedo que cualquier discurso oficial. Era una risa ronca, agotada, que sonaba a cuerda demasiado tensa, a tregua rota. Se dobló sobre sí misma en la silla, con las manos en la cara, y supe que, si no hacíamos algo pronto, incluso esa risa terminaría adaptándose a los márgenes del formulario

Esa noche tomamos una decisión que ninguno de los dos habría podido explicar con claridad, ni siquiera a nosotros mismos: empezamos a arrancar las hojas de los cuadernos donde habíamos escrito palabras sueltas y las pegamos por dentro de una maleta vieja, en un doble fondo improvisado. Metimos allí también algunos de los libros rescatados, recortando las cubiertas para que parecieran manuales técnicos o álbumes de fotos familiares, confiando en que los revisores verían solo papeles inofensivos

Al amanecer, la ciudad estaba extrañamente amortiguada, como si los altavoces hubieran perdido por unas horas la voz o hubieran decidido, por cansancio, callarse. Irene y yo bajamos las escaleras sin hablar, cargando la maleta como si fuera cualquier equipaje. En el portal nos cruzamos con el cartero, que repartía sobres oficiales con el escudo del Instituto: al mirarlos pensé que dentro de esas cartas habría nuevas instrucciones para olvidar mejor, nuevos itinerarios de borrado recomendados

En el portal, las paredes estaban forradas de anuncios superpuestos: convocatorias a «talleres de simplificación verbal», cursos intensivos de «comunicación clara», ofertas de descuento para sesiones de «ajuste cognitivo». Nadie los arrancaba. Nadie protestaba. La gente pasaba de largo con la mirada baja, como si hubiera aprendido que mirar demasiado fijo las palabras oficiales era peligroso, que la única manera de sobrevivir era dejar que el papel se acumulara hasta cubrir el mundo entero

Doblamos la esquina justo cuando sonó de nuevo la voz del ministro en los altavoces: anunciaba una actualización definitiva del registro, la promesa de que a partir de ese día ya nadie tendría que preocuparse por recordar términos superfluos. Su voz sonaba casi paternal, casi triste, como si lamentara tener que simplificarnos tanto la vida. Irene me tomó la mano con una firmeza que nunca le había conocido y dijo, por primera vez sin titubear, una palabra que no estaba en ninguna lista: «vámonos». Asentí, sin saber muy bien adónde, pero convencido de que la verdadera ciudad ya no estaba en los mapas del ministerio, sino comprimida en esa maleta de cuero gastado y en la manera en que ella pronunciaba todavía algunas cosas que el registro maestro daba por desaparecidas.

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