Para mi padre: Rosendo Moya
Hoy es el primer Día del Padre
en el que no estás físicamente.
Y debería doler más,
debería sentirse como una ausencia completa,
como un vacío imposible de nombrar…
pero no.
Porque irte
no fue desaparecer.
Te quedaste.
Te quedaste en la forma en que entiendo la vida,
en las decisiones que tomo sin darme cuenta,
en la voz interna que a veces suena como consejo
y otras como advertencia.
Te quedaste en mí.
Por eso no te lloro como quien pierde,
sino como quien recuerda
que tuvo algo verdadero.
Y eso… eso no es tristeza,
es privilegio.
Hoy no celebro tu presencia en una mesa,
ni un abrazo, ni una llamada.
Celebro algo más difícil de romper:
lo que construiste en silencio,
lo que sembraste sin exigir aplausos.
Celebro haberte tenido.
Porque hay padres que pasan por la vida
sin dejar huella,
y tú hiciste lo contrario:
te volviste camino.
Y aunque hoy falte tu cuerpo,
tu risa,
tu forma de estar,
no falta lo esencial.
Sigues aquí,
en todo lo que soy capaz de sostener,
en lo que aprendí de ti sin saberlo,
en cada intento de ser mejor hombre
aunque a veces no me salga.
Hoy no es un día de pérdida.
Es un día de continuidad.
Porque si algo entendí
desde que te fuiste,
es que el amor no termina con la ausencia.
Se transforma.
Y el tuyo
no se fue contigo.
Feliz Día del Padre, papi.
Gracias
por quedarte
de esta forma que no se ve,
pero que nunca se va.
