Desde antes del despertar del alba,
cuando aún eras sombra y posibilidad en la danza del azar,
ella ya te amaba
No te había visto el rostro, eras desconocido,
pero su cuerpo ardía, con la Menorá, con tu nombre no dicho,
su vientre cantaba profecías de tu risa
Era Perséfone regresando del Hades,
trayendo en su vientre la primavera,
una primavera que no florecía en los campos,
sino en las arterias del amor sin promesas
La madre —
ese altar sagrado sin templo donde se oficia el mayor de los milagros,
la que sangra sin morir,
la que gime sin quejarse,
la que da sin pedir nada a cambio,
la que se deshace en silencios
y aún así permanece entera ante el caos del mundo
Oh, madre,
que fuiste Medea,
pero sin furia ni venganza:
solo amor vertido hasta quebrarse todos los huesos,
hasta disolverse la voluntad en la ternura
Amor que huele a pan, a fuego viejo,
a sábana tendida al sol después de la lluvia
Madre como Atenea,
que no necesita nacer para saber,
porque lo sabe todo desde el silencio de su útero,
desde el murmullo que antecede a la primera palabra
Fuiste historia antes de ser persona.
Te inscribieron en papiros sin firma,
en las cuevas donde los primeros hombres dibujaron tus senos
como signos de supervivencia,
como faros en mitad del hambre
Eres todas:
las que parieron en la guerra,
las que perdieron hijos en la peste,
las que no durmieron para coser futuro
mientras el mundo olvidaba pronunciar sus nombres
Tu sacrificio no tiene fecha,
ni decreto, ni marcha, ni vítores,
pero está escrito en la curva de tu espalda,
en las arrugas prematuras,
en los pechos que se ofrecieron hasta vaciarse,
como cántaros que no exigen ser llenados otra vez
Tú, que fuiste madre desde el instante en que concebiste el miedo,
madre cuando vomitabas la luz de cada mañana,
madre cuando el cuerpo se te partía en dos
y aún así decías: “vale la pena”
Tu amor no conoce balanza,
porque ama aún al hijo que se ha ido,
al que no agradece,
al que olvida, al no nacido,
al que duerme sin soñar,
al que se ha roto por dentro sin saber cómo decirlo
Eres diosa sin Olimpo,
Madre Tierra sin descanso,
Isis que reconstruye al hijo destrozado por la vida,
una y otra vez,
aunque tus manos tiemblen,
aunque el mundo no lo note.
Y aun así ríes,
con esa sonrisa que detiene el tiempo,
y en tu risa cabemos todos
Dicha es tenerte,
milagro que camina,
santuario en la cocina,
en la cama, en el umbral,
en el eco de una canción de cuna,
en la forma en que se dobla una toalla,
en la ternura con que corriges el mundo,
sin levantar la voz
Si algún día he de caer,
que sea en el regazo donde me gestaste,
donde aún late el origen,
donde el universo se recoge en silencio
Y si he de nacer otra vez,
que sea de ti,
siempre de ti,
solo de ti,
como oración que se repite en medio del vacío
Porque no hay mayor eternidad
que el corazón de una madre
que aún late cuando el mundo ya se ha detenido,
y guarda en su latido
la esperanza del todo,
cuando ya no queda nada.
