Cada mañana, el sol no promete nada. Se limita a ascender, indiferente, como Sísifo empujando su roca por enésima vez. Nosotros, hechos de la misma arcilla que los dioses olvidaron en el río, amasamos las horas con manos temblorosas. Un día ganamos terreno; al siguiente, la tierra se abre bajo nuestros pies. No hay lógica en el fango, ni en la lluvia que lo ablanda. Solo el gesto torpe de seguir caminando
Los estoicos murmuran que llevamos el fuego dentro, pero a veces solo es ceniza que se lleva el viento. No importa. Ulises no sabía a dónde iba cuando zarpó, solo que el mar era sal y sed. Así vamos: sin mapa, sin brújula, inventando el camino con cada herida. Las cicatrices son jeroglíficos que nadie nos enseñó a leer, pero iluminan la noche siguiente
Los niños dibujan casas con chimeneas humeantes y pájaros que parecen garabatos volando hacia ninguna parte. Nosotros, que ya no recordamos cómo se dibuja la felicidad, seguimos trazando líneas en el aire. Algunas se desvanecen antes de completarse; otras se quedan suspendidas, como preguntas sin respuesta. Pero el lápiz no se detiene. Nunca se detiene. Aunque la mano tiemble, aunque el papel esté manchado de lágrimas o vino derramado
Hay días en los que el horizonte parece una línea trazada con tiza, fácil de borrar con un solo movimiento de viento. Otros, en cambio, se endurece como el basalto, y avanzamos a golpes de cincel, dejando astillas de nosotros mismos en el camino. Pero incluso esas esquirlas, diminutas e insignificantes, son testimonio de que estuvimos aquí
El espejo nos devuelve una imagen que no reconocemos del todo. Los ojos son los mismos, pero hay algo en ellos que no estaba ayer. ¿Cansancio? ¿Sabiduría? ¿O simplemente esa pátina que deja el tiempo, como el óxido en el hierro viejo? Nos lavamos la cara con agua fría, pero el reflejo persiste. Somos arqueólogos de nosotros mismos, excavando en busca de quien fuimos antes de que la vida nos enseñara a doblar la espalda
Dice Heráclito que nadie se baña dos veces en el mismo río, y sin embargo aquí estamos, mojados hasta los huesos, buscando en el agua un reflejo que ya no existe. El tiempo no fluye como un río, sino como un oleaje caprichoso: a veces nos arrastra mar adentro, otras nos escupen en la orilla, exhaustos y cubiertos de algas. Pero siempre, siempre, nos deja algo en las manos. Arena. Piedras. Fragmentos de conchas rotas. Pequeñas reliquias sin valor aparente, pero que, al apretarlas con fuerza, nos recuerdan que seguimos vivos
Las palabras que no dijimos se acumulan como sedimento en el fondo del pecho. Pesan más que las pronunciadas, porque cargan el peso de todas las posibilidades que no fueron. «Te amo», «perdóname», «no te vayas». Frases que escribimos en cartas que nunca enviamos, que susurramos a la almohada, que gritamos al vacío cuando creemos que nadie escucha. Pero el eco siempre vuelve, distorsionado, como si el universo nos devolviera nuestras palabras después de haberlas masticado
No hay destino escrito en las estrellas, solo polvo cósmico que algún día fue carne. No hay propósito, solo el vértigo de existir. Y sin embargo, nos aferramos a la ilusión de sentido como náufragos a un madero. Tal vez porque, en el fondo, sabemos que el sentido no es algo que se encuentra, sino algo que se construye. Ladrillo a ladrillo, día a día, con el barro que nos dejó la lluvia y las grietas que dejaron los que vinieron antes
En los mercados, la gente compra pan como si el mundo fuera a durar para siempre. Intercambian monedas por sueños pequeños: un kilo de manzanas, una botella de aceite, flores que morirán en tres días. Nosotros también jugamos a la eternidad, pagamos facturas, hacemos planes para el verano, como si el tiempo fuera una deuda que podemos saldar a plazos. Pero de vez en cuando, en el silencio entre una respiración y otra, recordamos que todo esto es temporal. Y entonces, paradójicamente, lo amamos más
Pero miramos atrás y vemos las huellas: nuestras, las de otros, las de los que se perdieron en la niebla. No son faros, no son respuestas. Son grietas en la roca, muescas en los árboles, señales de que alguien trepó por ahí. Algunas están desgastadas por el tiempo, casi borradas. Otras son frescas, como las llagas que aún nos duelen. Pero todas dicen lo mismo: Aquí hubo alguien. Aquí hubo lucha
Los muertos no se van del todo. Se quedan en los gestos que aprendimos de ellos, en las manías que heredamos sin darnos cuenta. Mi abuelo se rascaba la barbilla cuando pensaba; yo hago lo mismo. Mi madre tarareaba mientras cocinaba; yo tarareo sus canciones sin recordar las letras. Somos palimpsestos vivientes, textos escritos sobre otros textos, y cada generación añade una capa más a la historia que nunca terminará de contarse
Y tal vez, solo tal vez, eso baste
Hoy volveré a caer. Mañana me levantaré y amasaré el barro de otro día. No será perfecto, ni eterno. Pero será mío
Y cuando las fuerzas falten, cuando el barro se vuelva demasiado pesado para estas manos agrietadas, alguien más tomará el relevo. Porque eso es lo que hacemos: nos pasamos el barro unos a otros, como una antorcha que nunca se apaga del todo. Cada uno le da forma a su manera, cada uno deja su huella. Y en ese intercambio infinito, en esa cadena de manos que moldean y remoldean, tal vez esté la única inmortalidad que podemos alcanzar
Y si alguien, en un futuro incierto, sigue mis huellas, que no espere hallar sabiduría. Solo encontrará las mismas dudas, siempre esperando a Godot, los mismos tropiezos, la misma sangre seca en las piedras. Pero también encontrará esto: la terquedad de seguir andando, aunque el camino no lleve a ninguna parte
Porque al final, eso es todo lo que hay
El barro. Los días. Y nuestras manos, siempre laboriosas, siempre ciegas, modelando el mundo
Modelando el mundo y siendo modelados por él, en un abrazo eterno que no distingue entre escultor y arcilla.
