Ella entró al bote descalza
y el agua del río dejó de fluir un momento.
No porque los muertos temblaran,
sino porque él temblaba
Caronte que había pasado diez mil años
—diez mil años—
metiendo remos en agua negra,
escuchando el llanto de los que se van,
con su cuerpo de piedra mojada y su voz
que nadie quería escuchar
Vio su rostro y reconoció algo que no sabía
que le faltaba
Sus ojos tenían el color de lo que se pierde
y se encuentra.
Su piel guardaba historias que los vivos
ya no saben contar.
Cuando sonrió—una sola vez—
los muertos dejaron de quejarse
Él soltó el remo
No hubo ceremonia.
No hubo discurso.
Solo el sonido del remo cayendo al agua
y Caronte caminando hacia la orilla,
abandonando su puesto
como quien abandona todo lo que conoce
cuando descubre que existe
algo más parecido a la vida
que la propia vida
Los nuevos muertos se acumulaban,
confundidos,
pero él ya no estaba.
Ya no le importaba el viaje
Se sentó a su lado en la tierra mojada
del borde del mundo
y simplemente la miró,
como hace un hombre mortal
cuando descubre que lo imposible
tiene rostro,
tiene manos,
tiene ese modo particular de respirar
que lo cambia todo
A lo lejos, las almas esperaban su bote.
Caronte no volvió.
Algunos dicen que sigue ahí,
que envejeció junto a ella,
que el río nunca pudo llevárselos.
Que al final fue ella
quien tuvo que cruzar sola,
mientras él se quedaba,
un hombre al fin,
en una orilla que nunca le pertenecería,
pero que por una vez
fue suficiente.
