Estoy aquí,
rodeado de voces que ríen,
de copas que chocan,
de música que debería hacerme sentir vivo.
Pero la multitud es un silencio
cuando te falta ella
Sus besos.
Eso es lo primero que duele:
ese espacio exacto en los labios
donde ella dejaba su temperatura,
su forma particular de respirar contra mi boca.
Aquí no hay boca que me busque
Sus caricias.
La manera en que sus dedos—tan breves, tan precisos—
recorrían mi brazo como si leyeran una historia
que solo ella podía entender.
A mi lado hay gente que no me toca
con intención
Veo a otros besarse.
No la estoy buscando en ellos,
pero busco la *manera* en que ella besaba:
como si cada beso fuera una pregunta
que nunca termina de responderse
Su mirada.
Dios,
cómo una persona puede llenar una habitación entera
solo mirándote.
Aquí hay ojos que cruzo. Ojos que pasan.
Su mirada se quedaba
Aquí no está su sonrisa.
Esa que empezaba pequeña,
que crecía como si descubriera algo bueno en el acto mismo de sonreír.
Las sonrisas de esta fiesta son automáticas.
Las suyas eran actos de creación
Está su olor.
Cada cosa que define su cuerpo:
esa mezcla de piel y perfume y algo
que no es de ningún frasco,
que es solo ella,
solo lo que se desprendía de su cuello,
de su pelo cuando dormía
Estoy aquí
completamente solo
Pero aquí,
en este silencio dentro del ruido,
en este vacío que la fiesta intenta llenar,
estoy pensando en ella.
Y el pensamiento es una forma de estar juntos
que la gente que ríe a mi alrededor
nunca va a entender
Constante.
Eso es la palabra.
Pienso en ella constantemente,
como si tuviera que mantenerla viva en mi mente
para que ella siga existiendo en algún lugar
Y eso—
ese pensamiento que no me deja,
que me sigue
hasta en las fiestas,
que tiñe de melancolia cada risa de otros—
eso es lo único que no me deja completamente solo
Porque ella está aquí.
No en la habitación.
Aquí.
En la forma en que dejo de vivir
cuando dejo de pensar en ella.
