Despierto a las cinco.
En la mesa del comedor: la demostración del teorema de punto fijo que llevo siete meses sin terminar.
En la mesa del escritorio: el capítulo tres de la novela que prometí hace dos años.
Preparo café.
Abro el cuaderno de ecuaciones.
Leo la última línea que escribí: «Por lo tanto, si f es continua…»
No recuerdo qué sigue.
Cierro el cuaderno.
Abro el manuscrito.
Leo la última frase: «Mateo cerró la puerta sin hacer ruido.»
No recuerdo por qué cierra la puerta.
Son las seis.
El café está frío.
Ningún cuaderno tiene una línea nueva.
Mi hermano me pregunta qué hago.
Le digo: «Investigo topología.»
Señala las novelas en mi estante.
No insiste.
Mi editor me pregunta cuándo termino el libro.
Le digo: «En tres meses.»
Ve la pila de papers en mi escritorio.
No insiste.
Hay días en que creo que escribo
porque no entiendo las demostraciones.
Hay días en que creo que hago matemáticas
porque no sé escribir un final.
A veces pienso que si pudiera resolver una ecuación
podría resolver el final del capítulo tres.
A veces pienso que si pudiera terminar la novela
entendería por qué el teorema se resiste.
Los dos cuadernos siguen ahí.
Uno con ecuaciones a medio demostrar.
Otro con personajes que no saben hacia dónde van.
Y yo en el medio,
sin poder soltar ninguno,
sin poder terminar ninguno,
convencido de que ambos me sostienen
y de que sin uno el otro no tendría sentido.
Preparo más café.
Abro ambos cuadernos a la vez.
Las cinco y media de la mañana.
Todavía no escribo nada.
