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Escritos Godotte

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Primer Día del Padre sin ti

by Poemas Godotte julio 25, 2026

Para mi padre: Rosendo Moya

Hoy es el primer Día del Padre
en el que no estás físicamente.

Y debería doler más,
debería sentirse como una ausencia completa,
como un vacío imposible de nombrar…
pero no.

Porque irte
no fue desaparecer.

Te quedaste.

Te quedaste en la forma en que entiendo la vida,
en las decisiones que tomo sin darme cuenta,
en la voz interna que a veces suena como consejo
y otras como advertencia.

Te quedaste en mí.

Por eso no te lloro como quien pierde,
sino como quien recuerda
que tuvo algo verdadero.

Y eso… eso no es tristeza,
es privilegio.

Hoy no celebro tu presencia en una mesa,
ni un abrazo, ni una llamada.
Celebro algo más difícil de romper:
lo que construiste en silencio,
lo que sembraste sin exigir aplausos.

Celebro haberte tenido.

Porque hay padres que pasan por la vida
sin dejar huella,
y tú hiciste lo contrario:
te volviste camino.

Y aunque hoy falte tu cuerpo,
tu risa,
tu forma de estar,
no falta lo esencial.

Sigues aquí,
en todo lo que soy capaz de sostener,
en lo que aprendí de ti sin saberlo,
en cada intento de ser mejor hombre
aunque a veces no me salga.

Hoy no es un día de pérdida.

Es un día de continuidad.

Porque si algo entendí
desde que te fuiste,
es que el amor no termina con la ausencia.

Se transforma.

Y el tuyo
no se fue contigo.

Feliz Día del Padre, papi.

Gracias
por quedarte
de esta forma que no se ve,
pero que nunca se va.

julio 25, 2026
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Queja por lo que me hiciste

by Poemas Godotte julio 24, 2026

No sé si lo sabías,
pero antes de ti
yo escribía.

Había palabras.
Había ritmo.
Había incluso cierta dignidad
en la forma en que ordenaba el mundo
para que cupiera en un poema.

Y entonces llegaste.

No hiciste ruido.
No anunciaste nada.
No prometiste desastre.

Pero desde entonces
algo se rompió.

Me dejaste sin lenguaje.

No es que no sienta—
eso sería más fácil.
Es que siento demasiado
y no alcanza ninguna palabra.

Es como si hubieras pasado
recogiendo todas mis metáforas,
una por una,
guardándolas en algún lugar
donde no puedo alcanzarte.

Y ahora escribo así:
a ciegas,
torpe,
como quien intenta recordar
un idioma que alguna vez dominó
pero ya no le responde.

Te quejo esto.

Formalmente, si hace falta.

Devuélveme lo que te llevaste:
mis imágenes,
mis pausas,
esa forma precisa de decir
sin tener que tocar.

O al menos préstamelas.

Déjame usarlas de vez en cuando,
como quien pide prestado un poco de aire
para no asfixiarse del todo.

Porque no es justo.

No es justo que ahora todo pase por ti,
que cada intento de escribir
termine chocando con tu nombre,
aunque no lo diga.

No es justo que incluso el silencio
tenga tu forma.

Y lo peor—
sí, hay algo peor—
es que sospecho
que no te llevaste nada.

Que todo sigue aquí,
pero reorganizado a tu alrededor,
como si mi voz
hubiera decidido orbitarnos
sin pedirme permiso.

Así que aquí estoy,
haciendo esta queja inútil,
este reclamo sin destino,
escribiendo peor
pero sintiendo más.

Y con una única condición
para retirar todo lo dicho:

si no vas a devolverme las palabras,
si no piensas prestarme las musas,
si de verdad vas a dejarme así—

entonces quédate.

Pero quédate completa.

Porque no pienso aprender
a escribir de nuevo
si no es contigo
arruinándolo todo
otra vez.

julio 24, 2026
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ANTES DE TI

by Poemas Godotte enero 1, 2026

Antes de ti:
fechas, oficio, números.
Un hombre gris mirando
el mismo atardecer.

Conocía los caminos
que no llevan a ningún lugar.
Tenía miedo al salto.
Me abrazaba a la certeza.

Llegaste un martes.
Tiraste mi aritmética al suelo.

Donde había lógica
nació algo que no tiene nombre.
Mi vida exacta
se dobló en tus manos.

Ahora el reloj se calla
cuando tu risa cruza la casa.

Los planes tiemblan
si me preguntas: «¿Y si es mejor?»

Ya no me importa el miedo.
Ya no me importa lo correcto.

En tus ojos
cayó la máscara.
En cada abrazo
se borró la rutina.

Si algún día vuelve el frío,
acuérdate del hombre de papel
que se deshace con tu piel.

Porque sin ti
mi mundo vuelve a cifras. Y contigo,
el día ya no es
la suma de las horas.

enero 1, 2026
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El jardín cambia de dueño

by Poemas Godotte enero 1, 2026

Te veo con el vestido blanco
y recuerdo tus rodillas embarradas

Estoy feliz. Y triste. Las dos cosas.
Como cuando te enseñé a nadar
y te solté en el agua profunda

Hoy te suelto otra vez.
Hacia otra casa, otro nombre, otra vida

Pero escucha:
Aunque el mundo te llame esposa, madre, arquitecta,
yo seguiré llamándote «mi niña»

Ese nombre no tiene fecha de vencimiento.
Ni firma que lo borre.
Ni distancia que lo apague

Yo seré tu padre hoy.
Mañana.
Y en todos los mañanas que vengan

Incluso cuando yo ya no esté
y te acuerdes de mí
viendo a tu hija embarrarse las rodillas

Ve tranquila.
El amor no se divide.
Solo crece.

enero 1, 2026
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LAS HORAS QUE NO EXISTEN

by Poemas Godotte enero 1, 2026

Nos vemos donde el día no se atreve.
Allí tu risa se queda suspendida
y mi silencio dice todo.

No hay reloj para esto.
Tus ojos
y el resto del mundo desapareciendo.

Somos el verso que no tiene casa.
El nombre que nadie pronuncia.

Las horas que no existen:
esas que el calendario ignora,
donde tu voz entra sin golpear
y mi ternura olvida pedir permiso.

Secreto entre los muros.
Lo que el sol no alumbra
no tiene que explicarse.

Camino sin nombrarte.
El viento sabe tu forma.
Te pienso en cada ventana
como si el color del mundo cambiara.

Dos líneas paralelas
que se tocaron un instante
antes de seguir.

Si alguna noche el tiempo afloja,
si el mundo se distrae,
te buscaré donde mi cuerpo
todavía recuerda el tuyo.

enero 1, 2026
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DOS CUADERNOS

by Poemas Godotte diciembre 31, 2025

Despierto a las cinco.
En la mesa del comedor: la demostración del teorema de punto fijo que llevo siete meses sin terminar.
En la mesa del escritorio: el capítulo tres de la novela que prometí hace dos años.

Preparo café.
Abro el cuaderno de ecuaciones.
Leo la última línea que escribí: «Por lo tanto, si f es continua…»
No recuerdo qué sigue.

Cierro el cuaderno.
Abro el manuscrito.
Leo la última frase: «Mateo cerró la puerta sin hacer ruido.»
No recuerdo por qué cierra la puerta.

Son las seis.
El café está frío.
Ningún cuaderno tiene una línea nueva.


Mi hermano me pregunta qué hago.
Le digo: «Investigo topología.»
Señala las novelas en mi estante.
No insiste.

Mi editor me pregunta cuándo termino el libro.
Le digo: «En tres meses.»
Ve la pila de papers en mi escritorio.
No insiste.


Hay días en que creo que escribo
porque no entiendo las demostraciones.

Hay días en que creo que hago matemáticas
porque no sé escribir un final.

A veces pienso que si pudiera resolver una ecuación
podría resolver el final del capítulo tres.

A veces pienso que si pudiera terminar la novela
entendería por qué el teorema se resiste.


Los dos cuadernos siguen ahí.
Uno con ecuaciones a medio demostrar.
Otro con personajes que no saben hacia dónde van.

Y yo en el medio,
sin poder soltar ninguno,
sin poder terminar ninguno,
convencido de que ambos me sostienen
y de que sin uno el otro no tendría sentido.

Preparo más café.
Abro ambos cuadernos a la vez.
Las cinco y media de la mañana.
Todavía no escribo nada.

diciembre 31, 2025
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Hoy termina un año más

by Poemas Godotte diciembre 31, 2025

Hoy termina un año entero sin ti
aunque pases cada día a mi lado,
aunque tu risa conviva con mi gris

Te veo cruzar el pasillo.
Tus caderas marcan el compás del mundo
y mi mirada se queda fuera de tiempo

Hay una estela que nadie más parece notar.
Yo la sigo como un barco torpe
persiguiendo un faro que nunca mirará atrás

No sé si te gusto,
si soy apenas decorado de oficina,
si intuyes mi secreto y lo esquivas
o si ni siquiera existe un yo en tu retina

Este teatro de todos los días:
saludo neutro, charla mínima,
tú invencible.

Hoy termina un año más
y lo despido como quien cierra
una puerta que nunca se atrevió a abrir

No sé qué dolió más:
si tu lejanía o mi cobardía,
tu nombre en mi boca
o el mío, siempre mudo, en la tuya

Mientras los demás brindan
yo cuento los días que pasé mirándote sin existir

Me acostumbré a quererte sin que tú lo sepas,
a seguir aquí, al borde de tu vida,
como un año que se acaba
sin haberse animado a vivir.

diciembre 31, 2025
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Desliz semántico

by Poemas Godotte diciembre 17, 2025

Nadie se dio cuenta del momento exacto en que la ciudad empezó a olvidar, pero todos recuerdan la mañana en que el agua del grifo salió transparente y nadie supo decir cómo se llamaba

Yo vivía entonces en un cuarto piso sin ascensor. Las mañanas olían a café quemado del bar de abajo y a humedad del patio interior. Trataba de escribir cuentos que nadie leía, mientras escuchaba los pasos de la vecina del piso de arriba: un golpeteo insistente, descalzo, que me recordaba que no estaba solo aunque nunca nos hubiéramos hablado

Esa mañana ella bajó con una taza en la mano y me preguntó si en mi casa el agua todavía tenía nombre. La miré sin entender, hasta que intenté decir «agua» y la palabra se me quedó atascada en la garganta como una espina de pescado, dejando solo el gesto mudo de la boca y la sensación fría del líquido en la lengua

En los noticieros, el ministro apareció con traje oscuro y corbata perfecta. Usó palabras como «ajuste pasajero de la memoria colectiva» y «desliz semántico», moviendo las manos con la calma de quien explica un temblor pequeño. Detrás de él, en una pantalla, graficaban el fenómeno: líneas que subían y bajaban, porcentajes en rojo, un mapa con zonas sombreadas. Aseguró que el sistema disponía de copias de seguridad de todos los términos esenciales y que bastaría seguir los protocolos de rectificación para que el idioma volviera a encajar con la realidad

La vecina me dijo que se llamaba Irene, aunque luego reconoció que no estaba segura de si ese había sido siempre su nombre o si lo había elegido esa mañana, al bajar las escaleras con la taza vacía. Los pies fríos contra el cemento. La necesidad urgente de que alguien la mirara a los ojos y la llamara de algún modo que no se borrara al pronunciarlo

A partir de ese día empezamos a encontrarnos en el rellano con cualquier excusa: un grifo que goteaba, una bombilla fundida, un olor raro en el patio. Hablábamos de cosas pequeñas para no hablar del miedo grande que se nos pegaba al paladar cada vez que intentábamos nombrar el mundo y nos salía solo aire. La presión del agua en la ducha. El ruido del camión de la basura. El sabor del café aguado

Descubrimos muy pronto que los nombres se borraban de manera selectiva: primero los objetos inofensivos, luego las calles secundarias, más tarde los oficios. La gente seguía haciendo café, reparando coches, barriendo portales, pero nadie sabía ya cómo se llamaban esas acciones, y eso volvía todo levemente irreal, como si la ciudad se hubiera convertido en un ensayo clínico donde alguien probara cuánto lenguaje podía retirarse sin que el experimento colapsara

El ministro insistía, en ruedas de prensa cada vez más breves, en que no había motivo de alarma. El organismo encargado de custodiar el léxico esencial —el Instituto Nacional de la Memoria Nominal— conservaba registros maestros de todas las palabras importantes, alojados en servidores redundantes. Las emitía por radio cada noche, con voces neutras, para reforzar la adherencia ciudadana a la versión autorizada de la realidad. Yo escuchaba esas transmisiones desde la cocina, con el volumen bajo, y sentía que cada palabra repetida sonaba cada vez más hueca, como si el uso forzado las desgastara por dentro

Por las noches, Irene venía a mi casa con una libreta en blanco y me pedía que escribiera cualquier cosa que recordara con precisión: el nombre de un profesor de primaria, el olor agrio de una fruta abierta demasiado tiempo, la quemadura en la lengua al probar una sopa hirviendo. Luego copiaba cada frase con una caligrafía tensa, manchándose de tinta los dedos, como si al trazar las letras pudiera fijar no solo la palabra, sino la textura exacta de aquello que el resto del edificio empezaba a confundir

El rumor llegó en octubre: en un piso clausurado del centro, sin timbre ni felpudo, funcionarios sin rostro ordenaban las palabras en listas de acceso restringido. Se decía que, si un término desaparecía del registro maestro, la ciudad entera lo olvidaba al instante, como si nunca hubiera existido. Por eso algunos silencios en las ruedas de prensa eran más elocuentes que los comunicados, como si alguien probara qué pasaba al desconectar el idioma de su propio corazón

Una noche le propuse a Irene un juego absurdo: cerrar los ojos y decir en voz alta todas las palabras que aún nos parecieran sólidas. Ella dijo «escoba», «codo», «oscuridad», y yo respondí «campana», «rodilla», «madrugada». Luego ella añadió «lluvia sobre persianas» y yo «sábana pegada a la piel», y cuando abrimos los ojos teníamos la sensación de haber salvado algo mínimo pero imprescindible, como si hubiéramos rescatado náufragos de un mar que se tragaba diccionarios enteros

Al día siguiente, al bajar a la calle, vimos a un hombre discutir con un agente porque no recordaba la palabra que identificaba al objeto metálico que impedía el paso de los coches. El agente le señalaba la barra horizontal, el mecanismo de bisagra, el poste atornillado al suelo, pero ambos parecían incapaces de encontrar un término que los reconciliara con aquello. Al final el hombre cruzó la barrera invisible del lenguaje y fue detenido. «Desobediencia nominativa», decía el parte que alguien rellenó sin levantar la vista.

Cuando los periódicos comenzaron a publicar listas oficiales de vocablos autorizados —palabras que debían repetirse a coro cada mañana en las escuelas, las oficinas y los cuarteles—, supe que el fenómeno había dejado de ser un accidente y se había convertido en un dispositivo. Quien controlara la lista podía decidir qué cosas merecían existir y qué cosas se disolverían en el anonimato hasta volverse impronunciables. La tinta del diario olía a tinta de siempre, pero el papel llevaba la textura nueva de las órdenes disfrazadas de catálogo

Irene, que trabajaba en una biblioteca de barrio, empezó a traer libros mutilados: ediciones en las que faltaban palabras enteras, páginas en blanco donde antes había poemas, prólogos convertidos en índices de términos obsoletos. Los apilábamos en el suelo de mi sala y nos sentábamos en medio, con las rodillas tocándose sin querer, tratando de reconstruir una lengua enterrada bajo decretos, dejando que el polvo del papel nos manchara las manos como si fuera ceniza o prueba forense

Con el tiempo dejamos de buscar pretextos para vernos y nos lo dijimos con una torpeza casi tierna: «me gusta cómo dices las palabras que todavía quedan», murmuró ella una tarde en que el edificio olía a sopa y lejía, y yo supe que, si alguna vez llegábamos a olvidar la palabra «amor», seguiría reconociendo el gesto que la había sostenido, la curva que hacía su voz cuando me llamaba desde la escalera y el modo en que me tocaba el hombro para comprobar que seguía ahí

Se proclamó entonces la creación del Registro Prioritario de Conceptos: una lista reducida de ideas que debían preservarse a toda costa. «Orden», «seguridad», «progreso», «estabilidad». Otras fueron etiquetadas como «inestables», «ambiguas» o «prescindibles», y se recomendaba su paulatina retirada del habla cotidiana. La palabra «duda» desapareció de los manuales escolares. Nadie anunció nada. Simplemente dejó de estar, como si hubiera sido corregida en una versión silenciosa del archivo

La primera vez que noté un hueco en nuestro propio vocabulario fue una tarde de lluvia: quise decir que tenía miedo y la frase se me partió en la boca, como si alguien hubiera serruchado las sílabas. Irene me miró con los ojos llenos de una palabra que tampoco lograba pronunciar, los dedos temblándole alrededor de la taza caliente. Entonces nos abrazamos en el pasillo, torpemente, apoyando la frente en el hombro del otro, como quien intenta escribir a mano algo que lleva años tecleando sin pensar

En el informativo de las nueve, el ministro anunció con serenidad que se había identificado un «foco de resistencia semántica» en ciertos barrios del centro. Grupos de ciudadanos se negaban a adoptar las nuevas listas y seguían usando términos no alineados. Los llamó «románticos del caos» y «saboteadores del consenso lingüístico». Habló de vectores de contagio, de la necesidad de reorientación. Prometió que pronto volvería a haber una sola lengua, limpia de interferencias

A esas alturas, Irene y yo ya habíamos convertido mi apartamento en un archivo clandestino: paredes cubiertas de papeles con palabras aisladas, frases colgando del techo con hilos de pescar, cajones llenos de etiquetas con nombres de olores y heridas. A veces temíamos que el peso de tanto significado acumulado hiciera colapsar el edificio. Pero enseguida recordábamos que, afuera, la ciudad se adelgazaba de sentido a una velocidad que ningún piso podía igualar, y que aquella densidad era nuestra única defensa

El Instituto Nacional de la Memoria Nominal anunció entonces una campaña de «clarificación»: durante una semana, altavoces instalados en las plazas recitarían en bucle la lista de palabras autorizadas, en una secuencia cuidadosamente calculada. Se pedía a los vecinos que repitieran las series en voz alta para sincronizar sus recuerdos con el registro maestro. Se advertía de que el silencio prolongado sería evaluado como un posible indicador de desconexión peligrosa

Las noches siguientes se volvieron una coreografía mínima: Irene se quedaba en mi sofá, envuelta en una manta que olía a detergente barato y a piel cansada, mientras yo fingía que escribía y ella subrayaba palabras al azar en los libros rescatados. Afuera, los altavoces repetían «orden, seguridad, progreso, estabilidad» como una letanía sin música. De vez en cuando nos mirábamos en silencio, contando hacia adentro cuántos términos nos quedaban todavía que no habían aprendido a obedecer

Al cabo de unos días, la campaña pareció funcionar. Los presentadores de televisión sonreían con una fluidez nueva, deslizándose entre palabras como si patinaran sobre hielo recién pulido. En la calle, las conversaciones se volvieron más suaves, casi acolchadas. Discutir sin matices es como boxear con guantes demasiado gruesos: se mueven los brazos, se hace ruido, pero nadie sangra

Una madrugada, cuando por fin la ciudad se calló un momento entre una emisión y otra, Irene se sentó al borde de mi cama y me tocó la frente, como si buscara fiebre o alguna señal de daño. No dijo nada, pero en su mirada estaba la pregunta que ninguno de los dos quería formular: cuánto tardaría el Instituto en descubrir que aún había apartamentos donde se pronunciaban palabras que no figuraban en la lista

La respuesta llegó en forma de golpe seco en la puerta, tres días después: hombres con chalecos grises y credenciales laminadas, muy amables, muy correctos. Se presentaron como «técnicos de evaluación lingüística» y nos ofrecieron, con sonrisa ensayada, un formulario. Mientras uno hacía preguntas sobre nuestro «uso responsable del idioma», otro recorrió el apartamento tomando notas en una tableta sobre la «densidad léxica del entorno», observando los papeles de las paredes con la mirada fría de quien inspecciona una filtración

Cuando se fueron, dejándonos un folleto a todo color sobre los beneficios de hablar «un idioma más ligero y eficiente», Irene rompió a reír de un modo que me dio más miedo que cualquier discurso oficial. Era una risa ronca, agotada, que sonaba a cuerda demasiado tensa, a tregua rota. Se dobló sobre sí misma en la silla, con las manos en la cara, y supe que, si no hacíamos algo pronto, incluso esa risa terminaría adaptándose a los márgenes del formulario

Esa noche tomamos una decisión que ninguno de los dos habría podido explicar con claridad, ni siquiera a nosotros mismos: empezamos a arrancar las hojas de los cuadernos donde habíamos escrito palabras sueltas y las pegamos por dentro de una maleta vieja, en un doble fondo improvisado. Metimos allí también algunos de los libros rescatados, recortando las cubiertas para que parecieran manuales técnicos o álbumes de fotos familiares, confiando en que los revisores verían solo papeles inofensivos

Al amanecer, la ciudad estaba extrañamente amortiguada, como si los altavoces hubieran perdido por unas horas la voz o hubieran decidido, por cansancio, callarse. Irene y yo bajamos las escaleras sin hablar, cargando la maleta como si fuera cualquier equipaje. En el portal nos cruzamos con el cartero, que repartía sobres oficiales con el escudo del Instituto: al mirarlos pensé que dentro de esas cartas habría nuevas instrucciones para olvidar mejor, nuevos itinerarios de borrado recomendados

En el portal, las paredes estaban forradas de anuncios superpuestos: convocatorias a «talleres de simplificación verbal», cursos intensivos de «comunicación clara», ofertas de descuento para sesiones de «ajuste cognitivo». Nadie los arrancaba. Nadie protestaba. La gente pasaba de largo con la mirada baja, como si hubiera aprendido que mirar demasiado fijo las palabras oficiales era peligroso, que la única manera de sobrevivir era dejar que el papel se acumulara hasta cubrir el mundo entero

Doblamos la esquina justo cuando sonó de nuevo la voz del ministro en los altavoces: anunciaba una actualización definitiva del registro, la promesa de que a partir de ese día ya nadie tendría que preocuparse por recordar términos superfluos. Su voz sonaba casi paternal, casi triste, como si lamentara tener que simplificarnos tanto la vida. Irene me tomó la mano con una firmeza que nunca le había conocido y dijo, por primera vez sin titubear, una palabra que no estaba en ninguna lista: «vámonos». Asentí, sin saber muy bien adónde, pero convencido de que la verdadera ciudad ya no estaba en los mapas del ministerio, sino comprimida en esa maleta de cuero gastado y en la manera en que ella pronunciaba todavía algunas cosas que el registro maestro daba por desaparecidas.

diciembre 17, 2025
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Solo sin ella

by Poemas Godotte noviembre 28, 2025

Estoy aquí,
rodeado de voces que ríen,
de copas que chocan,
de música que debería hacerme sentir vivo.
Pero la multitud es un silencio
cuando te falta ella

Sus besos.
Eso es lo primero que duele:
ese espacio exacto en los labios
donde ella dejaba su temperatura,
su forma particular de respirar contra mi boca.
Aquí no hay boca que me busque

Sus caricias.
La manera en que sus dedos—tan breves, tan precisos—
recorrían mi brazo como si leyeran una historia
que solo ella podía entender.
A mi lado hay gente que no me toca
con intención

Veo a otros besarse.
No la estoy buscando en ellos,
pero busco la *manera* en que ella besaba:
como si cada beso fuera una pregunta
que nunca termina de responderse

Su mirada.
Dios,
cómo una persona puede llenar una habitación entera
solo mirándote.
Aquí hay ojos que cruzo. Ojos que pasan.
Su mirada se quedaba

Aquí no está su sonrisa.
Esa que empezaba pequeña,
que crecía como si descubriera algo bueno en el acto mismo de sonreír.
Las sonrisas de esta fiesta son automáticas.
Las suyas eran actos de creación

Está su olor.
Cada cosa que define su cuerpo:
esa mezcla de piel y perfume y algo
que no es de ningún frasco,
que es solo ella,
solo lo que se desprendía de su cuello,
de su pelo cuando dormía

Estoy aquí
completamente solo

Pero aquí,
en este silencio dentro del ruido,
en este vacío que la fiesta intenta llenar,
estoy pensando en ella.
Y el pensamiento es una forma de estar juntos
que la gente que ríe a mi alrededor
nunca va a entender

Constante.
Eso es la palabra.
Pienso en ella constantemente,
como si tuviera que mantenerla viva en mi mente
para que ella siga existiendo en algún lugar

Y eso—
ese pensamiento que no me deja,
que me sigue
hasta en las fiestas,
que tiñe de melancolia cada risa de otros—
eso es lo único que no me deja completamente solo

Porque ella está aquí.
No en la habitación.
Aquí.
En la forma en que dejo de vivir
cuando dejo de pensar en ella.

noviembre 28, 2025
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Caronte

by Poemas Godotte noviembre 25, 2025

Ella entró al bote descalza
y el agua del río dejó de fluir un momento.
No porque los muertos temblaran,
sino porque él temblaba

Caronte que había pasado diez mil años
—diez mil años—
metiendo remos en agua negra,
escuchando el llanto de los que se van,
con su cuerpo de piedra mojada y su voz
que nadie quería escuchar

Vio su rostro y reconoció algo que no sabía
que le faltaba

Sus ojos tenían el color de lo que se pierde
y se encuentra.
Su piel guardaba historias que los vivos
ya no saben contar.
Cuando sonrió—una sola vez—
los muertos dejaron de quejarse

Él soltó el remo

No hubo ceremonia.
No hubo discurso.
Solo el sonido del remo cayendo al agua
y Caronte caminando hacia la orilla,
abandonando su puesto
como quien abandona todo lo que conoce
cuando descubre que existe
algo más parecido a la vida
que la propia vida

Los nuevos muertos se acumulaban,
confundidos,
pero él ya no estaba.
Ya no le importaba el viaje

Se sentó a su lado en la tierra mojada
del borde del mundo
y simplemente la miró,
como hace un hombre mortal
cuando descubre que lo imposible
tiene rostro,
tiene manos,
tiene ese modo particular de respirar
que lo cambia todo

A lo lejos, las almas esperaban su bote.
Caronte no volvió.
Algunos dicen que sigue ahí,
que envejeció junto a ella,
que el río nunca pudo llevárselos.
Que al final fue ella
quien tuvo que cruzar sola,
mientras él se quedaba,
un hombre al fin,
en una orilla que nunca le pertenecería,
pero que por una vez
fue suficiente.

noviembre 25, 2025
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