Hubo un tiempo en que las cosas eran simples,
como el primer café de la mañana,
como el roce tímido de tus dedos sobre mi nuca,
como el silencio que compartíamos sin miedo,
o simplemente esa mirada cómplice
que lo decía todo cuando ya no sabíamos qué decir
En ese tiempo tú decías que esto era “Amor eterno”
y yo te creía,
como se cree en los eclipses,
en la lluvia de abril,
en los milagros cotidianos que pasan frente a uno
y no vuelven jamás
Me gustaba verte entrar entre “Burbujas de amor”,
dejar tus libros sobre la mesa,
caminar entre el bullicio del silencio,
ver tu figura impregnar la atmósfera de ti
como si tu cuerpo tuviera la capacidad de detener el mundo.
Tomarte entre mis brazos y decirte,
muy quedo, como en un rezo,
que “Tu nombre me sabe a yerba”
Cuánta emoción cada vez que lo pronunciaba,
en voz baja,
como quien acaricia un secreto,
con miedo de romper aquel momento sublime,
sagrado,
único.
Pero los días se fueron enredando,
se hicieron “Tarde”
como tus mensajes,
como tus respuestas,
como tus regresos que ya no regresaban
Y yo me sentaba frente a la ventana,
sin otra compañía que el eco de tus pasos ausentes.
Y para poder tener un poco de ti,
me embriagaba de tu boca inventada,
evocada,
imaginada,
y recordaba todo lo que “Contigo aprendí”,
mientras dejaba que la voz gastada de Manzanero
dijera lo que yo nunca supe decir
Te fuiste en septiembre,
como si hubieras nacido para eso:
para ser la “Balada de otoño” de mi historia,
para soltarme justo cuando más te necesitaba
Había algo en ti de “Lucía”,
aunque nunca lo supe con certeza,
algo que dolía bonito y mataba lento,
algo que estaba y se mantenía,
pero no era mío
“Te lo pido por favor”,
déjame saber qué era
para poder enterrarlo sin odio,
para no andar buscándote en otras bocas
donde no estás
Quise retenerte,
como quien atrasa el “Reloj”
esperando detener lo inevitable,
pero no se puede encerrar un viento,
ni amarrar a quien ya se fue sin volver la mirada
Yo solo quería,
una última vez,
verte entrar por la puerta
con tu “Costumbre” de quitarte los zapatos
y poner tus miedos junto a los míos,
como si la ternura todavía tuviera permiso
Sentarnos “Por debajo de la mesa”,
como niños que no entienden
que el amor también caduca,
y decirte, aunque fuera tarde,
que “Amarte es un placer”,
aunque haya dolido,
aunque haya ardido en la lengua
el último beso que no dimos
Pero ahora solo queda el recuerdo,
ese rincón tibio donde alguna vez reímos.
Queda lo vivido,
las caricias como paréntesis,
y hoy solo estoy “Contigo en la distancia”,
tratando de tocarte,
acariciando un espejismo,
y sin embargo,
con eso me basta para seguir
Porque tu risa tenía “Sabor a mí”,
y yo te reconocía incluso dormido,
como quien ha navegado mil veces
en la misma canción
y, aun así,
la vuelve a poner por si acaso cambia el final
Hoy escuché “Te extraño”,
y no lloré.
No porque ya no duela,
sino porque aprendí que hay dolores
que se guardan en el fondo del pecho
como una carta sin sello,
que nunca se envía,
pero tampoco se quema
En las noches aún pienso
que “Si nos dejan”,
quizás algún dios distraído,
algún azar imperfecto,
nos junte otra vez
en una playa vacía,
o en una fonda cualquiera,
o en una cama deshecha
donde puedas volver a decirme
que “La gloria eres tú”,
y yo pueda creértelo
aunque sepa que también eso es parte del espejismo
Al final,
todo esto fue una canción mal cantada,
una “Historia de un amor”
que nadie quiso escuchar hasta el final
Y sin embargo…
y aquí es donde duele más…
si me dieran a elegir,
volvería a elegirte,
aunque solo fuera para perderte otra vez.
