Un día cualquiera —tan absurdo como todos—
ella cruzó la calle.
No era primavera ni domingo,
el cielo no prometía revelaciones.
Pero su paso fue un corte en la realidad,
como si el tiempo, aburrido de repetirse,
hubiera decidido reinventarse en su figura
No venía con promesas,
ni con la urgencia del deseo.
Era —simplemente—
una mujer que caminaba
y, sin saberlo,
iba arrancándole a la muerte su dominio sobre mí
Su piel blanca,
no como la nieve —que se derrite y huye—,
sino como los papiros antiguos,
como los huesos sagrados de los mitos,
guardaba en su silencio
una historia no escrita,
una llama antigua que ninguna costumbre pudo apagar
Y su pelo,
oscuro como el Aqueronte,
como el abismo que uno teme y desea a la vez,
iba cayendo sobre sus hombros
como caen las certezas
cuando uno se enamora
Yo,
que era apenas la sombra de un hombre,
un sobreviviente del tedio,
un Edipo que ya no quiere respuestas,
la vi,
y no supe qué nombre darle a lo que ocurrió
Tal vez fue el alma —esa palabra ya tan oxidada—
la que se estremeció.
Tal vez fue el recuerdo de lo que nunca tuve,
o el presentimiento de un paraíso al que no me está permitido entrar
Ella es esposa de otro.
Y eso le da la forma precisa a la tragedia.
Es lo que hace que la poesía duela
y que el mundo tenga, al fin, sentido
No la toqué.
Ni siquiera me atreví a hablarle con los ojos.
Pero desde aquel día
vivo como los que han visto a Dios
en la grieta de una pared,
y ya no pueden seguir fingiendo que nada pasó
Su paso fue la grieta.
Yo era el muro.
Y el tiempo, ese carcelero sin rostro,
ahora me vigila más de cerca
A veces imagino que me sonríe.
A veces creo que sus gestos,
tan triviales,
llevan una carga sagrada,
como si los antiguos dioses
habitaran en sus gestos
y quisieran decirme algo,
algo imposible, algo inútil…
algo hermoso
Desde entonces,
la soledad se volvió más nítida.
No más cruel, pero sí más consciente.
Ya no estoy solo en la oscuridad:
ella está en mi memoria,
como Eurídice en la espalda de Orfeo
Y vivo con el castigo de no mirar.
Porque mirar sería destruirlo todo.
Porque la vida —lo sé ahora—
está hecha de imposibles que no se tocan,
de presencias que duelen,
de milagros que solo existen cuando no se cumplen
No quiero salvarme.
No quiero tenerla.
Solo quiero que siga existiendo,
como un faro que no guía pero que impide naufragar
Yo, que antes creía que ya lo había perdido todo,
la vi cruzar la calle
y supe —por fin—
que aún me quedaba
algo que perder.
