La tarde se volvió rojiza en el horizonte. Ese día había salido tarde de la oficina por una reunión convocada a último momento. Realmente él odiaba las reuniones, sobre todo aquellas que duraban una eternidad, cuando se podían hacer en quince minutos o menos
Salió bastante apresurado, tomó su bulto con sus cosas, bajó al parqueo, encendió su vehículo; todo daba vueltas sobre un asunto, y eso lo tenía preocupado
Cuando logró salir del parqueo, no tuvo ánimo de poner música. Un frío extraño le recorría por todo el cuerpo, dejó la climatización del vehículo a una temperatura un poco alta
Iba manejando a una velocidad relativamente alta, no recordaba ni sentía el sonido del golpe de la goma al girar; claro, no podía alejar sus pensamientos de nada más que un un asunto
Despues de una hora y media, llegó a su casa, se desmontó lo más rápido que pudo, olvidó su bulto en el vehículo, esto era inusual, ya que traía trabajo para concluir. Abrió la puerta, todas las ventanas estaban cerradas, las flores que años atrás adornaban toda la casa brillaban por su ausencia, las cortinas no se cambiaban hace mucho, la mesa ya no lucia ningún mantel, pocas luces encendidas, excepto la del dormitorio del fondo
Camino lentamente, con cierto nivel de aprensión, sus manos sudaban, había duda en todo su ser, pero llegó a la puerta, giro la perilla y abrió
Medio acostada estaba una señora de aproximadamente 60 años, él tenía 40, ella tenía pelo largo, con algunas canas. Su cuerpo podía contornearse a través de la ropa de dormir que llevaba puesta, se notaba una delgadez extrema
Él se dirigió hacia ella, tratando de no hacer ruido y sorprenderla, y se sentó en la orilla de la cama. Había una pequeña cómoda con un sin fin de pastillas, una jarra de metal media llena de agua, un vaso plástico, muchos sorbetes, y una biblia abierta en el salmo 23
El bajó la vista, tomó aire para contener las lágrimas, acercó su boca a la frente de la señora, y le pidió la bendición. Ella no se inmutó, nisiquiera pestañó, y él soltó varias lágrimas, sacó su pañuelo, lo presionó contra sus ojos y miró su reloj, tomó tres pastillas de colores y tamaños diferentes, las trituró, las disolvió en un poco de agua
Tomó a su madre y la acostó totalmente en la cama, agarró su cuello con su brazo y vertió el líquido en su boca y espero un rato. Luego la colocó en la misma posición que estaba originalmente. Empezó a desnudarla, colocó un papel plástico debajo de ella, busco una una ponchera con agua tibia, y empezó a bañarla con un paño
Después de secarla, le puso crema en todo el cuerpo, perfume, la peinó, le puso unos aretes de color plateado con figura de bailarina española
Buscó el libro Cumbres Borrascosas, empezó a leer, y a comentar mientras avanzaba la lectura. En cada letra, él sentía una estocada en el alma; aquella mujer, independiente, capaz, que lo crió sin ayuda de nadie, hoy necesitaba todo, no se podía valer en lo más mínimo, y no era por no hacerlo, no; muy por el contrario, él hacía todo con amor, con deseo, pero nunca pensó que ella terminaría de esta manera, y que él no podría llevarla a ese paseo por Europa como fue su anhelo
Pasadas dos hora después de las pastillas, ella abrió los ojos, miró a su alrededor con cara de estar en el lugar equivocado, lo miró fijamente como cuando tratamos de entender algo, trató de articular una palabra, pero no pudo. Ella trataba de hacer que su cuerpo respondiera, pero todo fue inútil, mientras él esperaba que algo sucediera, que dijera una simple palabra algo que tuviera una correlación con ellos…pero nada, finalmente ella desistió, volvió a dormir. El se arrimó a un lado de la cama, apagó la luz, le dio un beso en la frente, le pidió la bendición, y murmuró «duerme hermosa, yo cuidaré tu sueño».
