Dicen que algunas almas se reconocen mucho antes de encontrarse. Que vagan por el mundo llevándose, sin saberlo, un fragmento del otro. Y cuando finalmente coinciden, algo invisible suspira entre ellas, un leve estremecimiento que recuerda el principio de los tiempos
Así ocurre cuando la veo. No hay truenos, ni voces. Solo un instante suspendido que basta para quebrar las certezas y encender la ternura
Camina como si ignorara que el aire se arrodilla a su paso. Cada movimiento suyo es una plegaria que nadie ha escrito, pero todos comprendemos. Y mientras ella existe, el resto del mundo parece un rumor sin destino. Si pudiera contarle lo que encienden sus ojos, sabría que es mi constelación secreta, el círculo donde convergen mis noches y mis días
Pero ella no sabe. No comprende que esta distancia no es indiferencia, sino devoción callada. Que cada silencio mío la nombra. Que cada mirada que evito la busca. En el espejo del alma, su rostro se repite como un presagio que no se atreve a cumplirse. La amo con la discreción de un náufrago que teme asustar a la orilla
En las horas quietas, cuando la luna hunde sus raíces en el mar, mi pensamiento regresa a ella. La imagino entre penumbras, rodeada de un resplandor que no pertenece a la tierra. Me aproximo en sueños, y en cada sueño la pierdo. No hay destino más humano que amar lo inalcanzable. La veo brillar, tan lejos como una estrella, y sin embargo tan cerca que hasta mi sombra se confunde con la suya
Orfeo descendió al infierno por amor, y lo perdió todo por una mirada. Quizás yo tampoco deba mirar atrás. Quizás mi condena sea custodiar su ausencia, sostenerla entre los dedos del alma mientras el mundo sigue. Pero hay una verdad que nadie puede robarme: el amor, cuando es puro, no necesita retorno
A veces pienso que algún día sus ojos me hallarán, no por milagro, sino porque toda luz termina reconociendo su reflejo. Y entonces, tal vez, lo que hoy es un suspiro mudo se tornará palabra; el universo volverá a su equilibrio, y el temblor que ahora me habita sabrá su nombre
Hasta entonces, sigo aquí, en el umbral del deseo y la esperanza, sabiendo que mi amor es un faro que arde sin testigos. Que ella sigue sin saberlo… y que eso también tiene su forma de belleza.
