Sé que vendrás.
Un martes, quizás,
o un domingo mientras preparo café,
o en medio de una risa que no termina
Llegarás sin golpear la puerta
y me arrancarás del cuerpo
como quien quita la pulpa de una fruta
No te será fácil.
Pelearé.
Me aferraré a esta carne que me duele,
a estos huesos que crujen al levantarme,
a este corazón que late mal
pero late
Te voy a dar trabajo.
Porque cada cicatriz es mía.
Cada beso robado en la oscuridad.
Cada fracaso que me hizo más pequeño
y luego más grande
Las noches que no dormí.
Las mañanas en que no quise despertar
y lo hice de todas formas.
Todo eso es mío
y no pienso soltarlo sin pelea
Vendrás con tus manos frías
a buscar lo que he construido:
los errores que me enseñaron,
los triunfos que apenas alcancé,
las conversaciones que salvaron mi vida,
el sabor del pan recién hecho,
el olor de la lluvia en agosto,
esa vez que casi,
esa vez que sí,
esa vez que nunca
No me iré callado.
Gritaré cada nombre que amé.
Recordaré cada dolor que sobreviví.
Me agarraré de los días ordinarios
—esos que parecían tan poca cosa—
y los convertiré en anclas
Porque estoy acumulando vida para que duela menos
cuando vengas a quitármela
Llegarás, lo sé.
Con tu silencio definitivo,
con tu prisa de quien no negocia.
Y tal vez,
cuando me arranques el último aliento,
descubras que no te llevas todo:
que algo de mí se quedó regado
en las personas que toqué,
en las palabras que escribí,
en el aire que respiré
como si fuera infinito
Pero hasta entonces,
Muerte,
mientras camino,
mientras sangro,
mientras amo y me equivoco y vuelvo a intentar,
sigo siendo mío.
Y eso,
eso no lo suelto.
