Nunca duermo antes del alba. Las noches son largas, y en ellas, los condenados regresan. No como fantasmas, sino como recuerdos que se aferran a mi piel, como jirones de sus últimas palabras, de sus miradas perdidas en el vacío. A veces, en el silencio de mi cuarto, aún escucho el crujido de sus vértebras al quebrarse, el golpe seco del hacha contra el tajo, el sollozo ahogado de aquel muchacho que, antes de caer en la trampilla, gritó el nombre de una mujer
¿Amante? ¿Madre? Nunca lo sabré
Llevo veintitrés años en este oficio. Mi padre lo hizo antes que yo, y su padre antes que él. En esta ciudad, los verdugos nacen, no se hacen. Desde niño, supe que el hacha que colgaba sobre la chimenea no era un adorno. Era un destino. Mi padre me llevó a mi primera ejecución a los doce años. El reo era un ladrón que había matado a un mercader. Recuerdo su respiración agitada, el modo en que forcejeó cuando lo arrastraron al cadalso. Pero lo que nunca olvidé fue su último suspiro, ese instante en que la vida se le escapó como un hilillo de saliva por la comisura de los labios
—Así se hace —dijo mi padre, dándome una palmada en la espalda—. Solo es un perro rabioso
Pero los perros no lloran
El primer hombre al que ejecuté tenía el rostro marcado por la viruela. Se llamaba Gregor, o al menos eso dijo el alguacil. No habló, no suplicó. Solo me miró fijamente mientras le colocaba la soga al cuello. Sus ojos eran dos pozos negros, y en ellos vi algo que no esperaba: piedad. No por él, sino por mí
—Que Dios tenga más misericordia de usted que la que usted ha tenido conmigo —murmuró
Luego, la trampilla cedió
Desde entonces, he matado a hombres fuertes que se orinaron al ver el patíbulo, a mujeres que maldijeron mi nombre, a jóvenes que balbucearon rezos entre dientes. Una vez, un poeta condenado por blasfemia me sonrió y dijo:
—¿Cree que alguien llorará por usted cuando sea su turno?
No respondí. Pero esa noche, por primera vez, vomité
No soy un hombre cruel. No disfruto esto. Pero alguien debe hacerlo. El pueblo exige sangre cuando hay crimen, los jueces firman sentencias, los sacerdotes bendicen la justicia. Yo solo soy la mano que cumple
Pero las manos tienen memoria
A veces, en la taberna, los borrachos me llaman «Señor de la Horca» y me pagan tragos para que cuente historias de los ajusticiados. Ríen cuando describo cómo un asesino suplicó por su vida, cómo un noble orgulloso se desmayó antes de que le cortaran la cabeza. Pero cuando regreso a mi casa, sus risas se convierten en los gritos que intento ahogar con aguardiente
El peor fue un muchacho. No tendría más de diecisiete años. Lo acusaron de robar pan. Cuando lo subieron al cadalso, temblaba como un cervatillo herido
—Por favor —me dijo—, no lo haga
Su voz era la de mi hijo
Apreté los dientes y tiré de la palanca
Esa noche soñé que era él. Que mis propias manos me colocaban el nudo corredizo, que yo mismo abría la trampilla bajo mis pies.
Desperté gritando
Ahora, cuando cierro los ojos, no veo la oscuridad. Veo sus rostros. Todos ellos
¿Habrá redención para un hombre como yo? No lo sé. Pero si el infierno existe, ya lo he visto. Y no está en el más allá
Está en el instante en que sus ojos pierden el brillo, y yo sigo vivo.
