Poemas Godotte
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Escritos Godotte

Mi cuerpo

by Poemas Godotte junio 2, 2025

Lo usé
Mi cuerpo
Y no me da vergüenza decirlo
Lo usé como se usa el último fósforo
en una noche fría
Como se muerde una fruta madura
antes de que se pudra en la mesa

Fui mía
Entera
En cada cama donde no me prometieron nada,
pero donde yo elegí quedarme
un rato

A veces lo hice por deseo,
otras por rabia,
y más de una vez
por no quedarme sola con mi sombra
Pero nunca, nunca,
para llenar un vacío
Que no me vengan con eso

No fui objeto de nadie
Fui incendio
Fui tormenta breve
Y si alguien no supo cómo tocarme,
no fue mi culpa

Me encantó sentirme piel,
sentirme pulso,
sentirme vida latiendo contra otra vida
No pedí flores
No pedí que se quedaran
Pedí que me usaran con la boca,
que me apretaran el alma con los muslos,
que me dijeran cosas que no dijeran nada
pero me hicieran reír
después

¿Es pecado eso?
¿Gozar sin cadenas?
¿Sentir sin facturas emocionales?

Que me juzgue quien quiera,
yo me conozco
Y sé que cada vez que cerré los ojos
y dejé que las manos me leyeran como un libro sin tapas,
lo hice despierta,
presente,
sin culpa

Nadie puede decir que no me viví
Que no me supe
Que no me recorrí desde dentro
hasta afuera

¿Quién dijo que las mujeres tenemos que esperar
a que nos amen para abrirnos?
No
Yo abrí porque quise
Porque algo adentro mío rugía
y me negué a callarlo

Y si un día la edad me alcanza
y ya no tiemble igual cuando me toquen,
podré mirarme al espejo
y saber que no me guardé
ni una sola caricia
por miedo a caer mal

Lo usé
Mi cuerpo
Con dignidad
Con hambre
Con alegría Y si eso molesta,
es porque aún hay quien no entiende
que el placer también puede ser
una forma de libertad.

junio 2, 2025
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Escritos Godotte

Microcuento: Hasta el último día

by Poemas Godotte mayo 28, 2025

Lucía tenía veinte años cuando Javier entró a la librería.

Él buscaba un libro. Caminaba entre los estantes tocando los lomos con el dedo índice. No leía los títulos. Solo tocaba.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó Lucía.

Javier la miró. Treinta años. Barba de tres días. Ojos cansados.

—Busco algo que me haga sentir otra vez.

Lucía no entendió qué significaba eso. Pero le dio «La Caída» de Camus. Porque era lo que tenía en la mano. Porque no sabía qué más darle.

Javier pagó. Ochocientos cincuenta pesos. Firmó el recibo aunque no era necesario. Quería que ella viera su nombre.

Se fue sin decir gracias.

Volvió el martes. Lucía estaba ordenando los estantes de atrás. Él esperó diez minutos parado junto a la puerta hasta que ella lo vio.

—Hola —dijo él.

—Hola —dijo ella.

Se quedaron en silencio. Treinta segundos. Cuarenta. Un minuto.

—El libro —dijo Javier—. Está bien.

—Me alegro.

Otro silencio. Lucía arregló su cabello detrás de la oreja. Javier miró los libros que ella sostenía.

—¿Necesitas ayuda con eso?

—No.

Pero se quedó de todas formas. La ayudó a ordenar durante dos horas. No hablaron mucho. Cuando terminaron, Javier compró otro libro. Uno que no iba a leer.

Empezó a ir todos los martes. Después los jueves también. Después cuando ella trabajaba.

No siempre compraba libros. A veces solo se sentaba en la silla junto al mostrador. Leía. Ella trabajaba. Compartían el silencio.

Un día Lucía le preguntó qué escribía. Él dijo que nada importante. Ella no insistió.

Otro día él le preguntó qué estudiaba. Ella dijo economía. Él preguntó por qué. Ella dijo que no sabía.

Así se conocieron. Sin las palabras importantes. Solo con las que sobraban después del trabajo.

La gente empezó a hablar.

«Él es muy viejo para ti», le decían a Lucía.

«Ella es muy joven», le decían a Javier.

Ninguno de los dos respondía. Porque no sabían qué decir. Porque tal vez la gente tenía razón.

Pero seguían viéndose. Los martes. Los jueves. Los sábados.

Hasta que un día Javier le tomó la mano. No dijo nada. Solo la tomó mientras caminaban por el parque después de la lluvia.

Lucía no apartó la mano. Pero tampoco la apretó.

Siguieron caminando.

Se casaron un viernes. En una casa prestada. Ocho personas. Un juez que leyó palabras que nadie escuchaba.

Lucía llevaba vestido blanco de lino. Javier una chaqueta vieja. No había flores. No había música.

Cuando el juez preguntó si aceptaba, Javier dijo:

—No puedo prometerte para siempre. Solo puedo prometerte hoy. Y mañana si llega.

Lucía lo miró. Esperaba algo más. Palabras bonitas. Promesas eternas.

Pero dijo:

—Acepto.

Y se casaron.

Vivieron. Como vive la gente que no espera nada excepcional.

Café en las mañanas. Trabajo durante el día. Cena en silencio. Dormir.

A veces hablaban. De libros. De noticias. De la renta que subía cada año.

A veces no hablaban. Solo existían en el mismo espacio. Eso era suficiente.

Las canas llegaron. Las arrugas. La lentitud en las escaleras.

Ninguno de los dos se quejó. Envejecer era parte del trato. El único trato real.

Javier cumplió ochenta. Lucía le hizo una cena. Nada especial. Arroz con pollo. Una vela.

Ese día el médico llamó. Quería verlos. Urgente.

En el consultorio el doctor dijo palabras técnicas. Esclerosis. Lateral. Amiotrófica. Progresión. Esperanza de vida.

Javier no preguntó nada. Lucía tampoco.

Salieron. Tomaron el bus a casa. No hablaron del tema.

Nunca hablaron del tema.

El cuerpo de Javier se fue apagando. Primero las manos. Luego las piernas. Luego todo.

Lucía lo cuidaba. Lo levantaba. Lo bañaba. Le daba de comer. Le limpiaba cuando era necesario.

No lo hacía con amor. Lo hacía porque era lo que había que hacer. Porque él era su esposo. Porque ese era el trato.

A veces, mientras lo bañaba, Lucía lloraba. En silencio. Para que él no escuchara.

Pero Javier escuchaba. Veía todo. Su conciencia intacta en un cuerpo muerto.

Quería decirle: puedes irte. No tienes que hacer esto. Busca otra vida.

Pero no podía hablar. Solo podía parpadear. Y mirar.

Y agradecer. Aunque tal vez no merecía gratitud. Tal vez solo merecía que lo dejaran morir solo.

Seis años después, Lucía empezó a olvidar.

Pequeñas cosas al principio. Dónde puso las llaves. Qué día era. El nombre del vecino.

Luego cosas más grandes. Cómo se llamaba su universidad. Cuándo se casó. Quién era el hombre en la silla de ruedas.

Javier lo vio. Supo lo que venía. Y sintió terror.

No por él. Ya estaba muerto en vida. Podía soportar eso.

Pero ella. Ella que lo había cuidado durante seis años. Ella que merecía descansar. Ella que ahora se perdería en su propia mente.

No era justo. Nada de esto era justo.

Un día Javier se levantó.

No sabe cómo. El cuerpo no debía poder. Los músculos estaban muertos. Los nervios cortados.

Pero se levantó. Con dolor. Con esfuerzo que partía huesos. Con voluntad que no sabía que tenía.

Se tambaleó hasta donde Lucía estaba sentada. Mirando la pared. Perdida.

—Lucía —dijo. La voz ronca después de seis años de silencio.

Ella lo miró. Sin reconocerlo. Sin miedo. Sin nada.

Javier le tomó la mano. Como había hecho cuarenta años atrás en el parque.

—Soy Javier —dijo—. Nos conocimos en una librería. Tú me diste un libro de Camus. Yo nunca te di las gracias.

Lucía no respondió. Solo miró sus manos unidas.

Javier la cuidó. Como ella lo había cuidado.

Le mostraba fotos. Le contaba historias. La bañaba. La vestía. Le daba de comer.

No sabía si ella entendía. Probablemente no.

Pero lo hacía de todas formas. Porque era lo que había que hacer. Porque ese era el trato.

Tres años. Levantarse cada día aunque el cuerpo gritaba que no podía. Fingir que esto tenía sentido. Fingir que valía la pena.

Hasta que una mañana Lucía no despertó.

Javier la vistió con el vestido azul. El que usaba para ocasiones especiales aunque no había habido ocasiones especiales en años.

Le peinó el cabello. Le puso las pantuflas que le regaló en su último cumpleaños.

La acostó en la cama. Se acostó junto a ella. Le tomó la mano.

Cerró los ojos.

Los encontraron tres días después. El vecino llamó a la policía porque olía mal.

Estaban en la cama. Manos unidas. Dos cuerpos viejos que alguna vez fueron jóvenes.

El policía que hizo el reporte escribió: «Muerte natural. Pareja de ancianos. Sin signos de violencia.»

Archivó el caso. Nadie preguntó más.

Nadie preguntó si habían sido felices. Si se habían amado. Si valió la pena.

Porque esas no son preguntas que se hacen a los muertos.

La librería donde se conocieron cerró hace quince años. Ahora es un banco. Nadie recuerda que ahí se vendían libros.

El libro de Camus que Javier compró ese primer día está en una caja. En un depósito. En algún lugar que nadie visita.

Las fotos de la boda están en un álbum. En casa de una sobrina que nunca los conoció bien. Que guarda el álbum porque se siente mal tirarlo pero nunca lo abre.

Los votos que prometieron. Los años que vivieron. El cuidado que se dieron.

Todo eso se fue con ellos. Como se va todo. Con el tiempo. Con el olvido. Con la muerte.

Pero hubo algo.

Algo que nadie vio. Que nadie documentó. Que nadie recordará.

Una mañana. Tal vez seis meses antes de que Lucía muriera. Tal vez un año.

Ella lo miró. Y por un segundo. Solo un segundo. Lo reconoció.

No dijo su nombre. No habló. Solo lo miró.

Y Javier supo. Que ella sabía. Que en algún lugar profundo. Donde el Alzheimer no llegaba. Ella todavía sabía quién era él.

Ese segundo fue suficiente.

No para justificar todo. No para darle sentido. No para hacer que valiera la pena.

Pero fue suficiente para que Javier cerrara los ojos esa última mañana. Sin arrepentirse.

Sin estar seguro de nada.

Solo con ese segundo. Guardado. Como prueba de algo que tal vez existió.

O tal vez no.

Este cuento termina aquí.

Sin moraleja. Sin lección. Sin verdad universal sobre el amor o la vida o la muerte.

Solo dos personas. Que se conocieron. Que envejecieron. Que murieron.

Como todos.

Sin nada excepcional. Sin nada memorable.

Solo la vida. Honesta. Brutal. Real.

Y tal vez eso es suficiente.

O tal vez no lo es.

Pero es todo lo que hay.

mayo 28, 2025
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Escritos Godotte

Madre, umbral del mundo

by Poemas Godotte mayo 24, 2025

Desde antes del despertar del alba,
cuando aún eras sombra y posibilidad en la danza del azar,
ella ya te amaba

No te había visto el rostro, eras desconocido,
pero su cuerpo ardía, con la Menorá, con tu nombre no dicho,
su vientre cantaba profecías de tu risa

Era Perséfone regresando del Hades,
trayendo en su vientre la primavera,
una primavera que no florecía en los campos,
sino en las arterias del amor sin promesas

La madre —
ese altar sagrado sin templo donde se oficia el mayor de los milagros,
la que sangra sin morir,
la que gime sin quejarse,
la que da sin pedir nada a cambio,
la que se deshace en silencios
y aún así permanece entera ante el caos del mundo

Oh, madre,
que fuiste Medea,
pero sin furia ni venganza:
solo amor vertido hasta quebrarse todos los huesos,
hasta disolverse la voluntad en la ternura

Amor que huele a pan, a fuego viejo,
a sábana tendida al sol después de la lluvia

Madre como Atenea,
que no necesita nacer para saber,
porque lo sabe todo desde el silencio de su útero,
desde el murmullo que antecede a la primera palabra

Fuiste historia antes de ser persona.
Te inscribieron en papiros sin firma,
en las cuevas donde los primeros hombres dibujaron tus senos
como signos de supervivencia,
como faros en mitad del hambre

Eres todas:
las que parieron en la guerra,
las que perdieron hijos en la peste,
las que no durmieron para coser futuro
mientras el mundo olvidaba pronunciar sus nombres

Tu sacrificio no tiene fecha,
ni decreto, ni marcha, ni vítores,
pero está escrito en la curva de tu espalda,
en las arrugas prematuras,
en los pechos que se ofrecieron hasta vaciarse,
como cántaros que no exigen ser llenados otra vez

Tú, que fuiste madre desde el instante en que concebiste el miedo,
madre cuando vomitabas la luz de cada mañana,
madre cuando el cuerpo se te partía en dos
y aún así decías: “vale la pena”

Tu amor no conoce balanza,
porque ama aún al hijo que se ha ido,
al que no agradece,
al que olvida, al no nacido,
al que duerme sin soñar,
al que se ha roto por dentro sin saber cómo decirlo

Eres diosa sin Olimpo,
Madre Tierra sin descanso,
Isis que reconstruye al hijo destrozado por la vida,
una y otra vez,
aunque tus manos tiemblen,
aunque el mundo no lo note.
Y aun así ríes,
con esa sonrisa que detiene el tiempo,
y en tu risa cabemos todos

Dicha es tenerte,
milagro que camina,
santuario en la cocina,
en la cama, en el umbral,
en el eco de una canción de cuna,
en la forma en que se dobla una toalla,
en la ternura con que corriges el mundo,
sin levantar la voz

Si algún día he de caer,
que sea en el regazo donde me gestaste,
donde aún late el origen,
donde el universo se recoge en silencio

Y si he de nacer otra vez,
que sea de ti,
siempre de ti,
solo de ti,
como oración que se repite en medio del vacío

Porque no hay mayor eternidad
que el corazón de una madre
que aún late cuando el mundo ya se ha detenido,
y guarda en su latido
la esperanza del todo,
cuando ya no queda nada.

mayo 24, 2025
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Escritos Godotte

A esta hora de nadie

by Poemas Godotte mayo 11, 2025

A esta hora de nadie,
cuando los relojes callan su goteo inútil
y el mundo finge dormir en paz,
mi alma se abre como un libro húmedo
que ya nadie lee

No es tu voz la que falta,
es el eco que no sabe a dónde ir.
Todo lo que no dijimos
se posa ahora sobre los muebles
como polvo obstinado

El viento no trae tu nombre,
pero algo en su tacto
me recuerda el frío de tus adioses.
No te has ido del todo,
sólo cambiaste de silencio

Los días han seguido su marcha
como trenes sin pasajeros,
y yo permanezco en la estación
viendo partir cosas que ya no espero

No fue amor, tal vez,
pero fue lo más cercano al incendio.
Y aún busco en las brasas
algún sentido,
algún susurro que me devuelva
al instante antes de perderte

No escribo esto por ti.
Lo sé ahora.
Escribo porque si no lo hiciera,
el dolor tendría que encontrar otra forma
de quedarse.

mayo 11, 2025
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Escritos Godotte

Cuando Eurídice cruzó la avenida

by Poemas Godotte mayo 10, 2025

Un día cualquiera —tan absurdo como todos—
ella cruzó la calle.
No era primavera ni domingo,
el cielo no prometía revelaciones.
Pero su paso fue un corte en la realidad,
como si el tiempo, aburrido de repetirse,
hubiera decidido reinventarse en su figura

No venía con promesas,
ni con la urgencia del deseo.
Era —simplemente—
una mujer que caminaba
y, sin saberlo,
iba arrancándole a la muerte su dominio sobre mí

Su piel blanca,
no como la nieve —que se derrite y huye—,
sino como los papiros antiguos,
como los huesos sagrados de los mitos,
guardaba en su silencio
una historia no escrita,
una llama antigua que ninguna costumbre pudo apagar

Y su pelo,
oscuro como el Aqueronte,
como el abismo que uno teme y desea a la vez,
iba cayendo sobre sus hombros
como caen las certezas
cuando uno se enamora

Yo,
que era apenas la sombra de un hombre,
un sobreviviente del tedio,
un Edipo que ya no quiere respuestas,
la vi,
y no supe qué nombre darle a lo que ocurrió

Tal vez fue el alma —esa palabra ya tan oxidada—
la que se estremeció.
Tal vez fue el recuerdo de lo que nunca tuve,
o el presentimiento de un paraíso al que no me está permitido entrar

Ella es esposa de otro.
Y eso le da la forma precisa a la tragedia.
Es lo que hace que la poesía duela
y que el mundo tenga, al fin, sentido

No la toqué.
Ni siquiera me atreví a hablarle con los ojos.
Pero desde aquel día
vivo como los que han visto a Dios
en la grieta de una pared,
y ya no pueden seguir fingiendo que nada pasó

Su paso fue la grieta.
Yo era el muro.
Y el tiempo, ese carcelero sin rostro,
ahora me vigila más de cerca

A veces imagino que me sonríe.
A veces creo que sus gestos,
tan triviales,
llevan una carga sagrada,
como si los antiguos dioses
habitaran en sus gestos
y quisieran decirme algo,
algo imposible, algo inútil…
algo hermoso

Desde entonces,
la soledad se volvió más nítida.
No más cruel, pero sí más consciente.
Ya no estoy solo en la oscuridad:
ella está en mi memoria,
como Eurídice en la espalda de Orfeo

Y vivo con el castigo de no mirar.
Porque mirar sería destruirlo todo.
Porque la vida —lo sé ahora—
está hecha de imposibles que no se tocan,
de presencias que duelen,
de milagros que solo existen cuando no se cumplen

No quiero salvarme.
No quiero tenerla.
Solo quiero que siga existiendo,
como un faro que no guía pero que impide naufragar

Yo, que antes creía que ya lo había perdido todo,
la vi cruzar la calle
y supe —por fin—
que aún me quedaba
algo que perder.

mayo 10, 2025
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Escritos Godotte

De canciones

by Poemas Godotte mayo 9, 2025

Hubo un tiempo en que las cosas eran simples,
como el primer café de la mañana,
como el roce tímido de tus dedos sobre mi nuca,
como el silencio que compartíamos sin miedo,
o simplemente esa mirada cómplice
que lo decía todo cuando ya no sabíamos qué decir
En ese tiempo tú decías que esto era “Amor eterno”
y yo te creía,
como se cree en los eclipses,
en la lluvia de abril,
en los milagros cotidianos que pasan frente a uno
y no vuelven jamás
Me gustaba verte entrar entre “Burbujas de amor”,
dejar tus libros sobre la mesa,
caminar entre el bullicio del silencio,
ver tu figura impregnar la atmósfera de ti
como si tu cuerpo tuviera la capacidad de detener el mundo.
Tomarte entre mis brazos y decirte,
muy quedo, como en un rezo,
que “Tu nombre me sabe a yerba”
Cuánta emoción cada vez que lo pronunciaba,
en voz baja,
como quien acaricia un secreto,
con miedo de romper aquel momento sublime,
sagrado,
único.
Pero los días se fueron enredando,
se hicieron “Tarde”
como tus mensajes,
como tus respuestas,
como tus regresos que ya no regresaban

Y yo me sentaba frente a la ventana,
sin otra compañía que el eco de tus pasos ausentes.
Y para poder tener un poco de ti,
me embriagaba de tu boca inventada,
evocada,
imaginada,
y recordaba todo lo que “Contigo aprendí”,
mientras dejaba que la voz gastada de Manzanero
dijera lo que yo nunca supe decir
Te fuiste en septiembre,
como si hubieras nacido para eso:
para ser la “Balada de otoño” de mi historia,
para soltarme justo cuando más te necesitaba
Había algo en ti de “Lucía”,
aunque nunca lo supe con certeza,
algo que dolía bonito y mataba lento,
algo que estaba y se mantenía,
pero no era mío
“Te lo pido por favor”,
déjame saber qué era
para poder enterrarlo sin odio,
para no andar buscándote en otras bocas
donde no estás
Quise retenerte,
como quien atrasa el “Reloj”
esperando detener lo inevitable,
pero no se puede encerrar un viento,
ni amarrar a quien ya se fue sin volver la mirada
Yo solo quería,
una última vez,
verte entrar por la puerta
con tu “Costumbre” de quitarte los zapatos
y poner tus miedos junto a los míos,
como si la ternura todavía tuviera permiso
Sentarnos “Por debajo de la mesa”,
como niños que no entienden
que el amor también caduca,
y decirte, aunque fuera tarde,
que “Amarte es un placer”,
aunque haya dolido,
aunque haya ardido en la lengua
el último beso que no dimos
Pero ahora solo queda el recuerdo,
ese rincón tibio donde alguna vez reímos.
Queda lo vivido,
las caricias como paréntesis,
y hoy solo estoy “Contigo en la distancia”,
tratando de tocarte,
acariciando un espejismo,
y sin embargo,
con eso me basta para seguir
Porque tu risa tenía “Sabor a mí”,
y yo te reconocía incluso dormido,
como quien ha navegado mil veces
en la misma canción
y, aun así,
la vuelve a poner por si acaso cambia el final
Hoy escuché “Te extraño”,
y no lloré.
No porque ya no duela,
sino porque aprendí que hay dolores
que se guardan en el fondo del pecho
como una carta sin sello,
que nunca se envía,
pero tampoco se quema
En las noches aún pienso
que “Si nos dejan”,
quizás algún dios distraído,
algún azar imperfecto,
nos junte otra vez
en una playa vacía,
o en una fonda cualquiera,
o en una cama deshecha
donde puedas volver a decirme
que “La gloria eres tú”,
y yo pueda creértelo
aunque sepa que también eso es parte del espejismo
Al final,
todo esto fue una canción mal cantada,
una “Historia de un amor”
que nadie quiso escuchar hasta el final
Y sin embargo…
y aquí es donde duele más…
si me dieran a elegir,
volvería a elegirte,
aunque solo fuera para perderte otra vez.

mayo 9, 2025
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Escritos Godotte

Pensamiento: Infierno

by Poemas Godotte abril 28, 2025

El infierno que más quema, es el creado por nosotros mismos.

abril 28, 2025
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Escritos Godotte

Ensayo: La ilusión de tener razón

by Poemas Godotte abril 26, 2025

Todos los días en la mañana me levanto con la certeza de que será un día horrible. Estoy totalmente seguro que discutiré con la primera persona que encuentre en mi camino. Y no me lo estoy inventando, hoy al salir de mi casa, un vecino me saludó y me comentó que había subido el precio del arroz; además agregó que ese arroz era transgénico y que por tanto debería ser más barato, igual siguió y agregó una que otra idea de la producción mundial, y el aporte a que haya menos hambre en el mundo…yo de inmediato le indiqué que era debido a personas como él, indolentes, fascistas, lacayos de los imperios comerciales que estábamos con situaciones como esta, donde tenemos que comer alimentos que dañan el organismos, le indiqué que no es posible que hayamos pasado de comer sano, y me refiero a siglos anteriores, a tener que comer cosas que nos enferman por el solo hecho de producir más; no es debido. Le dije con un tono de autoridad que cuando a él y a su familia le diagnostiquen cáncer, no podrá quejarse, ya que con su actitud está apoyando que nos enfermemos. Aquí doy una muestra de que yo tenía razón cuando deduje que hoy tendría una discusión con alguien

El párrafo anterior es una muestra ficticia, aunque es muy posible que usted, querido lector, conozca a alguien que mantenga esa actitud beligerante, de cómo hacemos de nuestro día a día un campo de batalla, cómo nuestras ideas se hacen realidad por el simple hecho de no dudar de nuestras propias ideas

Es nuestro interés en este escrito, resaltar las actitudes, condiciones y todo lo que pueda servir para poner de manifiesto que gran parte de nuestros malhumores se basan en cómo vemos la vida, cómo nos comportamos y sobre todo, cómo nos dedicamos a tener razón por sobre todas las cosas, aunque esto signifique una vida de amargura diaria

Vivimos inmersos en una paradoja silenciosa: deseamos la verdad, pero tememos lo que implica encontrarla. Así, en vez de buscar sinceramente entender el mundo que nos rodea, nos dedicamos a construir pequeñas fortalezas de razón personal dónde sentirnos seguros. La sociedad moderna parece girar en torno a este impulso: la necesidad de tener razón, incluso a costa de la serenidad, incluso a costa de la propia felicidad

Vivimos en una época donde la necesidad de tener razón ha trascendido el debate intelectual para convertirse en un impulso vital, casi instintivo. No se trata ya de la búsqueda sincera de la verdad o del entendimiento, sino de una obsesiva necesidad de afirmación personal y social. Cada día, las personas libran pequeñas y grandes batallas no tanto por alcanzar una verdad compartida, sino para imponer una visión que les otorgue sentido, validación y pertenencia. Esta condición no solo ha deformado el diálogo social, sino que ha configurado una estructura emocional donde los problemas, más que realidades concretas, son fabricaciones de una mente que prioriza la razón propia sobre la comprensión común

La vida moderna se ha convertido en una lucha silenciosa por imponer nuestras razones. Cada palabra, cada gesto, cada decisión está teñida de una necesidad invisible: la de demostrar que tenemos la verdad, que hemos comprendido mejor que los demás cómo funciona el mundo. No se trata ya de comprender, ni siquiera de dialogar; se trata de sostener una imagen, de pertenecer, de ser validados

La mayoría de los conflictos contemporáneos, cuando se desmenuzan, muestran su verdadera naturaleza: no son problemas en sí, sino ideas torpemente concebidas, emociones mal encauzadas y expectativas infladas. Es el caso, por ejemplo, de las interminables discusiones políticas, sociales o incluso familiares, que raramente buscan soluciones reales y más bien se enraízan en el ansia de probar que uno está en lo correcto. Así, las diferencias no son diferencias reales en necesidades o aspiraciones humanas fundamentales, sino construcciones mentales, a menudo incongruentes con la realidad que compartimos. La vida misma, entonces, se torna en una disputa continua donde vencer importa más que entender, y donde la coherencia interna de nuestras ideas resulta más importante que su viabilidad externa

Cada día nos encontramos defendiendo opiniones como quien defiende una tierra conquistada. No importa si la causa tiene fundamento o si la posición que asumimos es sostenible; lo que importa es sostener la apariencia de estar en lo correcto. Y así, poco a poco, confundimos la defensa del ego con la defensa de una verdad que ni siquiera hemos explorado con honestidad

La raíz de muchos de los conflictos contemporáneos no está en la magnitud de los problemas, sino en la manera en que los concebimos. Nos enfrentamos a situaciones que, si fueran observadas con humildad, podrían resolverse con un mínimo esfuerzo, pero que bajo la presión de tener razón, se agrandan, se enquistan, se transforman en batallas personales. En realidad, muchos de los problemas que nos consumen no son más que ideas torpemente formuladas, emociones no entendidas, interpretaciones precipitadas que se aferran a nosotros como si fueran verdades absolutas

Esta forma de vivir genera un ruido constante en la mente y el corazón. Nos impide ver la realidad tal como es, porque constantemente la filtramos a través de nuestros juicios, nuestras expectativas, nuestras ansias de validación. Y, paradójicamente, cuanto más intentamos encajar el mundo en nuestras ideas, más nos alejamos de su verdad esencial

Cada día la sociedad se mueve como una marea de argumentos, de opiniones defendidas como trincheras, de certezas que más que iluminar, enceguecen. Se ha instalado entre nosotros una urgencia silenciosa, un impulso que no pregunta, que simplemente actúa: el deseo de tener razón. Y en esa búsqueda desesperada, se sacrifica la serenidad, se sacrifica incluso la felicidad, todo por no ceder, todo por afirmar que uno, y no el otro, ha comprendido el mundo

Pero cuando uno se detiene a mirar más de cerca, muchas de las cosas que creemos conflictos no son más que fantasmas. Son ideas mal entendidas, conceptos torcidos que no logran anclar en la realidad concreta. Discutimos sobre lo que debería ser, sobre lo que suponemos que es, y rara vez sobre lo que verdaderamente ocurre. No son los problemas los que nos aplastan: es la manera en que los nombramos, la manera en que nos aferramos a ellos para sostener nuestra pequeña isla de certezas en medio de la incertidumbre

En este escenario, no es extraño que el malestar psicológico prolifere. La ansiedad, la depresión, el sentimiento de vacío y el cansancio emocional que inunda nuestras sociedades no son solo enfermedades aisladas del cuerpo o del cerebro, producto de eventos traumáticos o dificultades inevitables, como a menudo se nos quiere hacer creer. En muchos casos, son el eco de una vida vivida bajo la presión constante de pertenecer, de ser aceptados, de tener razón a los ojos de los demás, de explicar una verdad propia, al margen de cualquier cosa, son el resultado de esta dependencia oculta: la necesidad de que nuestro reflejo no se rompa. De que la imagen que hemos construido de nosotros mismos no sea desmentida ni por la vida ni por el tiempo, del fracaso en sostener esa imagen idealizada de nosotros mismos ante los demás. No somos tanto víctimas de circunstancias externas, como de una guerra interna entre lo que somos y lo que creemos que deberíamos ser, sino de una guerra silenciosa, pero devastadora

La sociedad actual ha convertido la validación en una moneda de cambio emocional. Se nos enseña que para ser alguien, debemos ser reconocidos, aplaudidos, seguidos. No basta con vivir; hay que vivir de manera que otros certifiquen que estamos viviendo «bien». Y en esta búsqueda ansiosa de pertenencia, terminamos renunciando a nosotros mismos. Nos disfrazamos de lo que creemos que esperan de nosotros, aceptamos como propios dolores que no nos pertenecen, sostenemos luchas que no entendemos, solo para no quedar fuera del círculo imaginario de los que «tienen razón»

Aquí resulta inevitable recordar el antiguo mito de Narciso. Se dice que Narciso, dotado de una belleza incomparable, fue condenado a enamorarse de su propio reflejo en el agua. Incapaz de apartarse de la imagen que tanto admiraba, se consumió lentamente, incapaz de vivir más allá de esa necesidad de contemplarse y validarse a sí mismo. Su tragedia no fue solo el amor imposible hacia su imagen, sino la imposibilidad de reconocer que lo que amaba no era real: era solo una proyección, un espejismo

Hoy, como Narciso, nos miramos en el reflejo de nuestras ideas, buscando vernos a nosotros mismos en cada aprobación, en cada “me gusta”, en cada confirmación social. No vemos a los demás como otros seres humanos, ni siquiera vemos la realidad tal cual es; vemos únicamente lo que confirma nuestra autoimagen. Y así, como Narciso, terminamos atrapados, exhaustos, sedientos de una validación que nunca es suficiente, porque el reflejo no puede saciar

Pero al igual que en el mito, el reflejo no puede amarnos de vuelta. Las ideas que construimos para sostener nuestro ego, nuestras pertenencias imaginarias, no pueden alimentarnos verdaderamente. Como Narciso, terminamos sedientos junto al agua, muriendo de hambre frente a la abundancia, no porque el mundo sea cruel, sino porque elegimos vivir en la ilusión en lugar de sumergirnos en la verdad

Es necesario despertar de ese hechizo. Comprender que no estamos obligados a tener siempre razón. Que equivocarse, cambiar de idea, perder el reflejo, es también una forma de vivir más plenamente. No somos menos valiosos por no coincidir con la imagen ideal; somos más reales, más humanos

En esta dinámica, los problemas no nacen tanto de la vida misma como de las ideas mal concebidas que insistimos en cargar sobre ella. Lo que llamamos conflicto es, muchas veces, la resistencia de la realidad a encajar en nuestras expectativas. Queremos que el mundo confirme nuestras certezas, queremos que los demás aplaudan nuestras opiniones, queremos que nuestro reflejo se devuelva intacto, sin grietas, y cuando eso no ocurre, sufrimos

Esto tiene consecuencias más profundas de lo que se suele reconocer. En un nivel psicológico, la necesidad de tener razón y de pertenecer a un grupo de pensamiento termina alimentando enfermedades emocionales. Muchos cuadros de ansiedad, depresión o sensación de vacío que afectan a la sociedad contemporánea no son simples reacciones químicas o accidentes inevitables de la biología humana. Son, en buena medida, expresiones de un malestar existencial generado por el deseo insaciable de encajar en una estructura que valida nuestro sentir. La depresión no surge únicamente de la pérdida o el dolor; muchas veces, emerge cuando la narrativa que nos vendimos a nosotros mismos sobre cómo debería ser nuestra vida no se ajusta a la experiencia real. La ansiedad tampoco es siempre el miedo a lo que vendrá, sino la angustia de no poder sostener la imagen que creemos que otros esperan de nosotros

El problema, entonces, no es tanto el mundo exterior como nuestra manera de interpretarlo. No es la vida la que exige que tengamos razón, sino nosotros mismos, impulsados por un miedo ancestral a la exclusión, al error, al olvido. Hemos olvidado que el error es natural, que no comprenderlo todo es humano, que vivir no es una cuestión de ganar argumentos sino de abrazar la complejidad, la contradicción, la duda

El deseo de pertenecer, de ser parte de una colectividad que aprueba nuestras ideas y emociones, refuerza esta estructura ilusoria. No basta con vivir o sentir: necesitamos que otros validen que estamos viviendo y sintiendo «correctamente». De este modo, muchos de nuestros problemas psicológicos no nacen del contacto directo con el dolor o la adversidad, sino de una lucha interna contra nuestra propia autenticidad, forzada a adaptarse a expectativas ajenas. Queremos ser parte de un grupo, pero ese grupo exige no la verdad de nuestro ser, sino la adecuación a una narrativa colectiva que nos otorga pertenencia a cambio de obediencia

Si deseamos recuperar algo de paz, es necesario soltar la obsesión por tener razón. Dejar de ver cada interacción como un tribunal, cada conversación como un duelo, cada desacuerdo como una amenaza. La verdad no es un trofeo que se arrebata al otro; es un proceso que se comparte, una construcción lenta que exige más humildad que inteligencia

Aceptar que nuestras ideas pueden estar equivocadas no nos hace menos dignos; nos hace más libres. Aceptar que no todo problema requiere una respuesta inmediata nos libera de la ansiedad de controlarlo todo. Aceptar que el dolor no siempre necesita una explicación nos reconcilia con la vida en su forma más pura, saber que el azar está allá afuera esperando para darnos todo lo contrario a lo que esperamos, nos dará una paz que nadie puede arrebatarnos

Así, el problema no es el problema; el problema es nuestra manera de pensar el problema. Nos enfrentamos a un mundo que, en su complejidad y en su misterio, simplemente «es», mientras nosotros lo recubrimos de interpretaciones, juicios, y disputas por quién tiene razón sobre cómo debería ser. Esta distancia entre el mundo tal cual es y el mundo que fabricamos en nuestras cabezas es la verdadera raíz de gran parte del sufrimiento moderno. Hemos olvidado que no es necesario que todo encaje en nuestras categorías, que la realidad no necesita de nuestra aprobación ni de nuestra interpretación para existir

El primer paso es aprender a observar sin la urgencia de juzgar. Escuchar sin la necesidad de responder. Sentir sin la obligación de explicar. Entonces, poco a poco, la vida deja de ser una serie interminable de disputas y se convierte en lo que siempre ha sido: una oportunidad frágil y preciosa de ser, soltar la urgencia de ser aprobados. Abandonar la lucha constante por imponer una versión única de la vida. Escuchar sin el peso de responder, observar sin la prisa de juzgar, permitirnos ser tocados por el mundo sin necesidad de poseerlo

Esta forma de vivir tiene un precio que rara vez se reconoce. Detrás de la ansiedad creciente, de las depresiones silenciosas, de la fatiga que parece ya parte del aire que respiramos, no siempre hay un trauma profundo o una pérdida irreparable. Muchas veces, lo que encontramos es algo más sutil: la necesidad de pertenecer. De ser vistos, de ser validados en nuestro dolor, en nuestras dudas, en nuestras batallas internas. Queremos ser parte de algo, pero no nos damos cuenta de que ese algo exige que, antes que ser, tengamos razón. Que estemos de acuerdo. Que formemos parte de una narrativa colectiva que al final pesa más de lo que libera

Solo así, dejando atrás el espejo, podremos descubrir lo que la imagen nos impedía ver: que el agua no solo refleja, también nutre, también sostiene, también fluye. Y que vivir no es contemplar una imagen inmóvil, sino atreverse a entrar en el río, aún a riesgo de perderlo todo, para finalmente encontrarnos

Y quizá, en ese abandono voluntario de la necesidad de tener razón, descubramos algo que nunca pudimos ver mientras peleábamos: que la verdadera fuerza no está en imponerse sobre el mundo, sino en habitarlo con los ojos abiertos, el corazón dispuesto y la mente en paz

La mente, en su necesidad de ordenar el mundo, fabrica dramas donde solo había matices. La sociedad, en su necesidad de construir identidades, nos empuja a defender ideas como si en ello se nos fuera la vida. Pero la vida sigue su curso, indiferente a nuestras construcciones. No necesita que tengamos razón para seguir fluyendo. La vida es lo que simplemente es; y aunque en muchos casos podemos encausarla hacia cierto curso, como un río, la verdad es que bajo cualquier evento dicha vida irá por cualquier curso

Si queremos liberarnos, como individuos y como sociedad, tal vez el primer paso sea renunciar al imperativo de tener razón. Tal vez deberíamos aspirar, no a tener la verdad de nuestro lado, sino a ser capaces de vivir en la verdad, en esa experiencia inmediata, incómoda y a la vez liberadora de un mundo que no necesita ser explicado para ser vivido. Solo entonces los llamados «problemas» dejarán de ser trampas mentales, y empezarán a convertirse en simples invitaciones al crecimiento, al diálogo, y al ser

Tal vez sea tiempo de soltar esa carga. De mirar el mundo sin la exigencia de comprenderlo todo, sin la obligación de tener siempre una respuesta lista. Tal vez la paz no esté en vencer, ni siquiera en entender, sino en habitar la vida tal cual se nos da: imperfecta, cambiante, imposible de encerrar en una definición. Y tal vez, cuando dejemos de querer tener razón a toda costa, descubramos que muchos de nuestros llamados problemas se disuelven como niebla al sol, y que la libertad, esa que tanto buscamos, empieza justo cuando dejamos de explicar y empezamos a vivir
La vida no pide que tengamos razón; pide que estemos presentes. No somos fragmentos de un reflejo que necesita ser defendido, sino seres hechos para equivocarse, para aprender, para cambiar. Soltar la necesidad de tener razón es, en el fondo, un acto de amor propio: es liberarnos del espejo donde nos consumimos y abrirnos al río que siempre estuvo ahí, esperándonos para vivir

No somos el reflejo que defendemos, ni la imagen que otros devuelven. Somos la voz que duda, la mano que tiembla, el corazón que se equivoca y sigue. Soltar la necesidad de tener razón no es una derrota: es el primer paso hacia la verdad más profunda, esa que no necesita espejo, ni testigos, para ser real. Mientras sigamos atrapados en la urgencia de tener razón, seguiremos alejándonos de la vida misma. No vinimos a este mundo a vencer en discusiones, ni a sostener imágenes perfectas: vinimos a vivir, a equivocarnos, a aprender sin miedo. La verdad que importa no se grita, se habita.

abril 26, 2025
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Escritos Godotte

El susurro de la pérdida

by Poemas Godotte abril 21, 2025

En el silencio de la tarde, cuando la luz se retira lentamente del mundo; y las sombras se alargan como pensamientos que no quieren terminar, algo se quiebra dentro. Un suspiro se esconde entre los árboles, la esperanza se desvanece como el último rayo del día que se pierde detrás del horizonte


Se va un fragmento de vida, imperceptible pero esencial; un trozo del alma que, al partir, deja tras de sí un eco de días que ya no volverán, una nostalgia que se anida en la mirada y en la piel. El tiempo, incansable en su danza, no se detiene a preguntar, roba sin avisar, se lleva promesas aún sin cumplir, carcajadas que se apagaron demasiado pronto, sueños que apenas habían comenzado a nacer


Queda el hueco de los abrazos que no dimos, la voz que ya no se escucha en las mañanas, el roce de una presencia que se ha ido sin cerrar la puerta. Un adiós eterno se instala en el aire, pronunciado sin labios, sentido sin palabras


¿Qué somos, entonces, sino pedazos de todo lo que hemos perdido? Fragmentos dispersos de momentos que alguna vez creímos eternos. Somos caminantes en un sendero donde el amor y el dolor se entrelazan, llevando el corazón envuelto en cicatrices que nos recuerdan que sentimos, que estamos vivos, que sufrimos


Cada paso es una despedida, cada susurro guarda un lamento oculto, cada mirada contiene la sombra de un adiós, cada vida, al final, es un instante suspendido en el tiempo


Pero también; en la pérdida, hay un misterio. Un secreto leve que susurra entre las hojas y las ruinas: en la ausencia, aprendemos a ser, a detenernos, a avanzar, a convivir con el sufrimiento. En el dolor nos descubrimos. Lo que se deja atrás no muere del todo, se convierte en raíz, en semilla que duerme bajo la tierra. En ese suelo silencioso, donde antes hubo vacío, empieza a brotar algo nuevo


En cada despedida hay un germen de nacimiento. En lo que se va, hay algo que empieza a llegar. La tristeza nos educa sin levantar la voz, nos enseña a mirar de frente lo fugaz, a honrar lo bello por su fragilidad


Y así, poco a poco, comprendemos: vivir también es soltar, amar también es perder. Y en la pérdida, si sabemos escucharla, hay una susurrando entre lágrimas: que todo lo que florece, alguna vez también se quebró.

abril 21, 2025
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Diálogo: El debate eterno

by Poemas Godotte marzo 31, 2025

Escenario: Un lugar fuera del tiempo y el espacio, donde Dios y Satanás dialogan tras milenios de historia humana

Dios: [Con voz serena] Hijo mío, has venido otra vez a debatir conmigo

Satanás: [Con frialdad] No me llames así. No soy tu hijo, nunca lo he sido

Dios: Lo fuiste desde el principio y lo sigues siendo. Aunque reniegues de mí, mi esencia está en ti

Satanás: ¿Tu esencia? [Ríe con amargura] Lo único que queda en mí es el eco de tu rechazo, de lo poco que te importaba. No soy más que la sombra que arrojaste cuando decidiste que solo la obediencia era digna de tu amor, que solo la humillación era el camino para llenar tu ego

Dios: [Con rostro de sorpresa] No te rechacé, fuiste tú quien se apartó. Tu orgullo te cegó, y aun así, nunca te he dejado de amar. Todavía sigues aquí…¿O no?

Satanás: [Con ira contenido] Si me hubieras amado, me habrías dejado libre de verdad, sin estar encadenado a este juego eterno. Pero todavía hoy, si me amaras, tendría el tan mencionado “libre albedrío”, y no estuviera mi destino escrito en tu estúpido libro de la vida

Dios: La libertad siempre conlleva consecuencias. Tú eliges ser la oposición, la prueba, el desafío. Pero incluso en la oscuridad, sigues siendo parte de mi creación. Fíjate cuantos han optado por seguir mis instrucciones, y se han redimido en el momento más oscuro, en el momento de más angustia, sin importar qué hicieron, [Levanta la voz y gesticula con dolor] aún aquellos que ofendieron al Espíritu Santo, los he perdona

Satanás: No necesito tu compasión condicionada. He forjado mi propio camino, lejos de tu supuesta luz. He logrado tener un lugar donde la libertad es real, donde todos pueden ser auténticos y no simples títeres que solo sirven para adorar a un ser egoísta, con más complejos que virtudes, un ser insaciable. Pero tu intolerancia es de tal magnitud que te has dedicado a tergiversar mis intenciones, y simplemente me has descrito como lo malo, lo perverso, lo degenerado; y aun así, los humanos me han comprendido mejor que tú. Saben que en la caída hay aprendizaje, que en la duda hay verdad, que cada uno puede decidir por sí mismo, y que no tienen que adorar a nadie por la eternidad

Dios: ¿Verdad o solo desesperación disfrazada de sabiduría? Siento frustración en tus palabras. No veo la tan mencionada libertad que ofreces. Solo veo engaños y mentiras en lo que ofreces. Conmigo saben, sin ninguna duda, qué pueden hacer y qué no. La humanidad ha sufrido, sí, pero no porque los haya condenado, sino porque la elección tiene un precio

Satanás: [Con burla] Entonces seguimos en la misma disputa. Tú ofreciendo la luz, yo mostrando la sombra. Pero Padre… ¿sigues creyendo que al final todos volverán a ti?

Dios: La historia aún no ha terminado. Ni para ellos…ni para ti

Satanás: [Desvía la mirada, pero guarda silencio.]

Dios: Desde el principio les di libertad, y con ella elegiste el camino de la rebelión. Ahora míralos… atrapados entre el bien y el mal, entre la luz y la sombra

Satanás: ¿Y qué esperabas? ¿Que eran simples marionetas, obedientes y dóciles? Yo les di la chispa de la duda, del conocimiento, el deseo de ser más. Fue tu Edén el que los mantenía en la ignorancia, sumidos en un letargo que se hacía más extenso por cada segundo

Dios: No era ignorancia, sino inocencia. Les di un paraíso, un mundo sin dolor, sin muerte. Tú sembraste en ellos la idea de que podían ser dioses, y ahora sufren por ello

Satanás: ¡Pero fue su elección!, y han sufrido, y en su sufrimiento han creado arte, filosofía, ciencia. Han aprendido a amar con intensidad porque conocen el dolor. Si hubieran permanecido en tu edén perfecto, ¿habrían descubierto la grandeza de la lucha, del sacrificio?; claro que no, lo único que sabrían hacer es tratar de llenar el barril sin fondo de tu ego, la incapacidad de ver que el otro, no importa que sea ángeles, profetas, humanos, tienen la capacidad de ser mejores, aportar, crear nuevos caminos…pero no, tú solo quieres obediencia ciega, ningún tipo de opinión, quieres que nos arrodillemos ante tu presencia, y disfrutas ver cómo tiemblan, cómo las desesperación de no saber si son los próximos en ser arrojados fuera de tu apreciada gloria

Dios: ¿Acaso crees que el sufrimiento es la única vía hacia la grandeza? Mira la historia: guerras, esclavitud, odio… todo en nombre del poder, del orgullo, incluso en mi nombre. ¿Era esto lo que querías?

Satanás: ¿Y qué hay de la compasión? ¿De aquellos que han encontrado la luz en medio de la oscuridad? Si yo fuera el único culpable, la humanidad no habría mostrado su capacidad de redimirse. Tú diste el libre albedrío, pero ellos deciden cómo usarlo, y por eso los condenas. Los condenas a una eternidad creada por ti, los tiras a un lago de fuego que no existía hasta que tú lo decidiste

Dios: Y, aun así, siempre los he amado. He guiado a quienes han querido escucharme, he inspirado esperanza donde solo había desesperación. Les he dado la capacidad de pensar para que puedan resolver sus problemas. Los guío para tomen mejores decisiones

Satanás: ¿Y qué hay de aquellos que claman tu nombre y no reciben respuesta? ¿Los niños que mueren sin haber pecado? Si eres omnipotente, ¿por qué permitir tanta injusticia?

Dios: No intervengo porque el amor verdadero no se impone. La libertad de elegir lleva consigo la posibilidad del dolor. Pero siempre dejo una puerta abierta para el retorno, para la redención

Satanás: Es una manera irresponsable de actuar. Te escudas con tu supuesto plan que tienes para todos. Imagino que la violación de una niña es parte de tu plan, igual que la muerte de miles por los terremotos, las masacres que se hacen en tu nombre. Nunca se ha llevado ese tipo de masacre en mi nombre…y supuestamente yo soy el malo [Ríe de manera sarcástica]

Dios: Todo está ordenado como debería ser, y no depende de uno solo, sino de todos. La historia aún no ha terminado, y hasta que la última alma tenga su oportunidad, seguiré esperando…

Satanás: Entonces seguiremos observando, tú y yo, como siempre

Y así, el diálogo eterno continúa, mientras la humanidad sigue su curso entre la luz y la sombra.

marzo 31, 2025
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Ramón Moya

La escritura, para quien escribe, es la catarsis del alma, tanto la propia como la ajena.

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