Poemas Godotte
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El Tribunal del Cielo

by Poemas Godotte junio 27, 2025

El dolor llegó mientras Tomás lijaba. ¡coño!, no ahora. La cuna número cuatro de siete. Los críos del orfanato las necesitaban y él… él se estaba muriendo en su taller que olía a viruta y barniz barato

Eran las 3:47 de la tarde del martes. Un martes de que marcaba el fin

Su último pensamiento fue para María. Cinco años muerta y todavía la extrañaba como el primer día. Ella sí creía. Rezaba por los dos, decía. Quizás ahora descubriría si funcionó

No hubo túnel de luz. Ninguna luz hacia donde ir, solo un tirón brutal, como cuando te arrancan una muela sin anestesia, y después…

El cielo era una oficina. No una majestuosa, sino una de seguro social: luces fluorescentes que zumbaban como insectos nerviosos, olor a café recalentado y un dispensador de agua que gorgoteaba como si tuviera vida propia. Carteles luminosos rezaban ‘La salvación es eterna, pero el horario de atención es de 9 a 5

—¡Tomás Herrera!

El que habló parecía un burócrata cósmico: traje gris, corbata gris, rostro del color del tedio. Incluso su voz sonaba como papel carbón arrugado

—¿Sí?

—Soy el Alguacil Celestial Raziel. Será conducido al Tribunal Supremo en breve. Por favor, no haga preguntas innecesarias

—¿Tribunal? ¿Estoy muerto?

—Esa es una descripción limitada pero esencialmente correcta. Falleció hace 17 minutos tiempo terrenal. Infarto masivo de miocardio. Una muerte rápida, debería estar agradecido

—¿Agradecido? Tenía trabajo por terminar. Niños que necesitaban esas cunas

—Irrelevante.

Raziel consultó algo que parecía un iPad hecho de luz.

—Su expediente indica: 53 años de vida, viudo, tres hijos, carpintero. Cero asistencias a servicios religiosos en los últimos 30 años, cero oraciones registradas, cero actos de fe documentados. Clasificación: Ateo Nivel 3

—¿Nivel 3?

—Negación activa de lo divino con comportamiento moral paradójicamente alto. Es una categoría complicada. Los Nivel 4 al menos tienen la decencia de ser malvados, lo que hace el veredicto más sencillo

La pared se disolvió. Así nomás. Como azúcar en agua. Detrás había un corredor que no terminaba. Otros como Raziel arrastraban almas en ambas direcciones. Un tipo lloraba pidiendo perdón. Una señora rezaba el rosario a velocidad supersónica

—Sírvase seguirme. Su abogado defensor lo espera

Caminaron por varios pasillos entre el bullicio, un humo asfixiante. El tiempo se hacia eterno. Llegaron a una puerta que decía “Jesús de Nazaret, abogado defensor”

La oficina de Jesús era… decepcionante

Esperaba algo majestuoso. Luz dorada, ángeles, tal vez una fuente de agua bendita. En cambio, parecía la oficina de un abogado de oficio que no ha ganado un caso en toda su vida. Muchos expedientes por todos lados. Una planta muerta en la esquina

Jesús parecía vencido por siglos. La túnica usada, la barba crecida sin gloria, ojeras como zanjas y una expresión que mezclaba resignación con derrota. Su oficina olía a humedad antigua y papeles tristes

—Otro Nivel 3… Qué sorpresa. Tome asiento, si aún le queda fe en la silla. Tomás se sentó. La silla hizo un ruido raro

—¿No vas a revisar mi caso? —preguntó Tomás

—¿Para qué? —Jesús levantó un expediente polvoriento—. Según esto, ayudaste a huérfanos, amaste a tu esposa y no robaste. Un caso perdido

—No, pero…

—No hay peros que valgan. ¿Sabe cuántos casos como el suyo he defendido? Miles; millones, tal vez. ¿Sabe cuántos he ganado? Cero

—¿Cero? ¿Pero no se supone que moriste por los pecadores?

Jesús rió. Fue la risa más triste que Tomás había escuchado jamás. Como cuando tu equipo pierde 7-0 y todavía faltan 30 minutos

—Esa fue la teoría. En la práctica… Mi Padre tiene ideas muy específicas sobre la justicia. Y desde que San Pedro tomó el rol de fiscal, se ha vuelto… muy entusiasta

—¿No puedes hacer nada?

—Puedo hacer lo que siempre hago. Estar de acuerdo con todo, asentir cuando corresponda, y esperar que Padre no esté de tan mal humor. Un dato, siempre está de mal humor con los Nivel 3

Jesús recogió unos papeles, se hecho algo de comer a la boca mientras se paraba, le indicó a Tomás que le siguiera. Medio cerró la puerta de su oficina, y salió casi corriendo. En ese proceso duraron media hora, entre cruzar oficinas, pasillos, pedir permisos para pasar y muchas personas queriendo hablar con Jesús. A todos les decía, mientras emanaba una sonrisa forzada: lo tuyo está casi resuelto. Llegaron al salón segundos antes de que cerrara

El salón del juicio era…

¿Cómo describir algo que te hace querer vomitar y llorar al mismo tiempo? Era grande. No, grande es el estadio Azteca. Esto era GRANDE en formas que el cerebro humano no está diseñado para procesar. Las paredes latían como si estuvieran vivas. El techo no existía, solo un vértigo infinito hacia arriba

Y el trono; el trono era un hoyo en la realidad, no hay manera de describirlo. Aquí la teoría de los multiversos se hace realidad, pero todos al mismo tiempo. Mirarlo era como intentar dividir entre cero. Y sentado en él…

Dios no tenía cara, tenía TODAS las caras. Era tu abuelo decepcionado y tu madre furiosa y ese maestro de primaria que te odiaba, todo al mismo tiempo. Sus ojos eran… no. No voy a describir sus ojos. No puedo

—TOMÁS HERRERA. CARPINTERO. ATEO. COMPARECES ANTE EL TRIBUNAL SUPREMO

La voz venía de todas partes, de las paredes, del suelo, de tus propios huesos.

San Pedro estaba a la derecha. Ya no era el pescador bonachón de las estampitas. Ahora parecía fiscal de la Santa Inquisición

—Su Señoría Omnipotente, la acusación está lista para proceder

—Que conste en actas que el acusado ha tenido 53 años, 4 meses y 17 días para aceptar mi existencia. Defensa, ¿están listos?

Jesús se tropezó, se le cayeron los papeles. Algunos ángeles en la galería se rieron disimuladamente

Aquella sala era para Tomás, era un agujero negro. Para San Pedro, un trono de oro. Para Jesús, una silla plegable con una etiqueta de ‘Oficina de objetos perdidos

—Sí, Padre… digo, Su Señoría. Totalmente listos, absolutamente preparados

—No me convences, pero procedamos. San Pedro, su declaración inicial

San Pedro era bueno. Cabrón, pero bueno

—Señoría, nos encontramos ante un caso paradigmático de soberbia intelectual disfrazada de humanismo. El acusado, Tomás Herrera, no solo rechazó la gracia divina, sino que tuvo la audacia de vivir una vida moral sin reconocer la fuente de toda moralidad

—¡Objeción! Eso es… ehhhh.. ¿prejuicioso?

Jesús sonaba como estudiante de derecho en su primer juicio. Patético

—Objeción denegada, y no vuelvas a interrumpir sin una verdadera objeción. Continúe, San Pedro

Las imágenes holográficas empezaron. La vida de Tomás en HD celestial

Ahí estaba él a los 7 años, preguntándole a Sor Esperanza por qué Dios dejó morir a Canelo, su perro

—»¿Si Dios es bueno, por qué dejó que mi perrito muriera?» Ya desde temprana edad, cuestionando la sabiduría divina

Ahí estaba a los 15, en su confirmación. Se acordaba. Hacia un calor del demonio en esa iglesia y el traje le picaba. Su mamá llorando de emoción mientras él contaba los minutos para irse

—Observen el lenguaje corporal, brazos cruzados, postura defensiva. Participaba solo para complacer a su madre, no por convicción genuina. Hipocresía desde temprana edad

—Muy observador —comentó Dios—. La defensa permanece muda, como es usual

—Es que… —empezó Jesús

—¿Es que qué? —Dios se inclinó hacia adelante, y la realidad misma pareció inclinarse con él

—Nada, Su Señoría. Continúe, Pedro

San Pedro sonrió triunfante y siguió presentando momentos de la vida de Tomás, cada uno tergiversado para mostrar rebelión contra lo divino. La vez que no rezó en el funeral de su padre («Desprecio por los rituales sagrados»), cuando decidió trabajar los domingos para mantener a su familia («Violación del día de descanso»), incluso cuando consoló a un amigo ateo moribundo diciéndole que no temiera («Propagación activa de la incredulidad»)

Más imágenes. Su boda civil («ni siquiera fingió una ceremonia religiosa»). El nacimiento de Sofía sin bautizo («privó a su propia hija de la gracia»). La muerte de su padre…

Esa dolió

Su viejo en la cama del hospital. Tubos por todos lados. Olor a desinfectante y muerte cercana

«Reza conmigo»

«Papá, sostendré tu mano y te diré que te amo, pero no puedo rezar a algo en lo que no creo»

Los ojos de su padre, tristes, pero… ¿comprensivos? Tomás nunca estuvo seguro

—Quiero llamar a mi primer testigo, el venerable y justo patriarca Abraham

Abraham entró al salón con la majestuosidad de milenios de veneración. Su barba fluía como un río de plata, sus ojos portaban el peso de ser el padre de naciones. Se ubicó en el estrado de los testigos, una plataforma de mármol celestial que flotaba entre el trono y el banquillo del acusado

—Abraham, usted es considerado el modelo de fe. ¿Puede compartir con la corte su experiencia?

—Con gusto. Cuando el Señor me habló, no pedí pruebas. No exigí evidencia. Dejé todo: mi hogar, mi tierra, mi seguridad, basándome solo en su palabra

—¿Y el sacrificio de Isaac?

Ah, aquí viene la parte jugosa

—La prueba suprema. Mi hijo, mi único hijo con Sara, el hijo de la promesa. Cuando el Señor ordenó su sacrificio, no vacilé. Tomé el cuchillo…

—Un momento. ¿Casi matas a tu hijo porque una voz te lo ordenó?, inquirió Tomas

Las palabras salieron antes de que Tomás pudiera detenerlas

—¡SILENCIO! Una advertencia más y será desacato

El mazo de Dios sonó como el Big Bang al revés

—Como decía, continuo Abraham, la fe verdadera no cuestiona, no analiza, no duda. Obedece. Este hombre tuvo las Escrituras, tuvo testimonios, tuvo la creación misma gritando la gloria de Dios, ¿y qué hizo? Razonó, pensó…Dudó

—En su opinión experta, ¿qué opina de alguien que vive moralmente, pero sin fe?, cuestionó San Pedro

—Es como un reloj sin relojero que pretende dar la hora correcta, una aberración, una imposibilidad lógica. La moralidad sin Dios es solo coincidencia evolutiva, impulsos químicos disfrazados de virtud

Jesús se levantó. Parecía que iba a decir algo importante

—Abraham, padre de la fe… um… ¿no cree que tal vez… posiblemente… el acusado podría haber tenido razones válidas para…?

—¿Razones? ¿Razones para rechazar al Creador del Universo? No hay razón que justifique tal arrogancia, exclamó el juez

—Claro, claro. Sin más preguntas, su señoría

Patético, es una vergüenza a mi linaje, murmuró Dios, pero sabiendo que toda la sala lo escuchaba

—Si el honorable juez me lo permite, quiero llamar a mi segundo testigo, quien personifica el modelo de la perseverancia, el sufrimiento y la fe…Job

Job era diferente. No tenía la arrogancia de Abraham, solo… cansancio, un cansancio de milenios

Las cicatrices todavía se veían. ¿Por qué? ¿Acaso Dios no podía curarlas? ¿O las dejaba como recordatorio?

—Señor Job, aunque usted es más que conocido, y no es necesario presentarlo; nos podría contarnos sobre su relación con el señor nuestro Dios

—Claro, todo sea por la gloria de Dios. —una larga pausa— Perdí todo. Siete hijos, tres hijas. Muertos en un día. Mi riqueza, desvanecida. Mi salud, destruida. Llagas purulentas cubrían mi cuerpo, todavía tengo las marcas. Mi esposa me rogó que maldijera a Dios y muriera

—¿Y su respuesta?, preguntó San Pedro

—»El Señor dio, el Señor quitó. Bendito sea el nombre del Señor». Incluso cuando no entendía, incluso cuando el dolor era insoportable, mantuve mi fe

Job miró a Tomás. No con desprecio como Abraham, con… ¿lástima?

—Tú construías cunas para huérfanos. Yo enterré a diez hijos. Tú tenías dudas intelectuales. Yo tenía gusanos comiendo mi carne. Y aún así, yo creí y tú no

—Testimonio poderoso—aprobó Dios— Defensa, su turno

Jesús ni se levantó

—Job, hermano en el sufrimiento… ¿no crees que cada persona tiene su propio camino hacia…?

—No. Hay un solo camino: la fe. Todo lo demás es soberbia disfrazada de filosofía, exclamó el juez con dureza

Abraham habló de obediencia. Job, de sufrimiento. Ninguno entendió por qué Tomás no creyó, y a nadie le importó

Llegó el turno de los testigos de la defensa. Jesús se frotaba las manos, como esperando un milagro, una luz, que alguien dijera algo que le pudiera ayudar, y con voz temblorosa, miro a Dios como pidiendo perdón, dijo “quiero llamar…ehhh, quiero llamar como testigo al señor, —se le entrecortó la voz—, al señor Satanás”

El aire se enfrió. No, se congeló. No, se volvió nitrógeno líquido. La atmosfera se cargó con una densidad imposible de respirar. Dios se pasó la mano por la cara como tratando de disimular su disgusto y decepción. Miró fijamente a Jesús y le dijo “De verdad este es tu testigo, un apóstata, un traidor, un desobediente. Quien trató de tomar mi trono…el trono que heredarás cuando yo muera, y con una risa burlona le dijo… ah verdad que yo soy eterno”

Satanás entró como un abogado de Wall Street. Traje impecable de un negro que parecía absorber la luz, corbata de seda que centelleaba como escamas de serpiente. Su belleza era perturbadora: demasiado perfecta, demasiado simétrica, como una estatua que hubiera cobrado vida. Tenía una sonrisa de vendedor de autos usados, pero con todos los dientes originales. Guapo de una forma que te hacía sentir incómodo con tu heterosexualidad

—Su Señoría, haciendo reverencia, pero sin quitar la vista de Dios. Siempre es un placer visitar los antiguos vecindarios, me siento como en casa

—Nada de teatro, Lucifer. Di lo que tengas que decir y vete

—Por supuesto. Estoy aquí como experto en la naturaleza del libre albedrío, cortesía del… creativamente limitado abogado defensor

Jesús ni se inmutó. Ya estaba acostumbrado a los insultos

—Libre albedrío. El regalo envenenado del Todopoderoso—mientras giraba la mano de manera sutil hacia Dios—. Verán, cuando me rebelé, y no fui yo solo, ejercí la máxima expresión de la libertad que Él supuestamente otorgó. ¿Mi castigo? Eternidad en el fuego, quemarme hasta que no tenga huesos, con el pequeñísimo ingrediente que no mueres, solo sufres. Curioso sistema, ¿no?

—¡Objeción! Esto no tiene relevancia con el caso—gritó San Pedro—

—Oh, pero la tiene. Tomás aquí presente, te compadezco hijo. Ya nos veremos en mi casa —le dijo a Tomás— ejerció el mismo libre albedrío. Eligió no creer, con todo su derecho. Si van a condenarlo por usar el regalo que Dios le dio, entonces admitan que el libre albedrío es una trampa, no un regalo

—Interesante punto —murmuró alguien en la galería de ángeles observadores

Alguien más en la galería murmuró algo. Sonó como una aprobación

—¡SILENCIO! ¿Ese es tu argumento, serpiente? ¿Que doy regalos trampa?

—No soy yo quien lo dice. Los hechos hablan por sí mismos, mi queridísimo padre—dijo esto con una sonrisa que emanaba sarcasmo, morbo, malicia y sobre todo satisfacción— Das libre albedrío, pero castigas su ejercicio. Exiges amor, pero lo ordenas bajo amenaza. Es como un esposo que dice «ámame libremente o te mato». Bastante tóxico, si me preguntan—dijo esto mientras levantaba las dos manos a medio cuerpo—

—Nadie te preguntó —gruñó Dios

—En realidad, sí lo hicieron —Satanás señaló a Jesús—. Soy su testigo, después de todo

San Pedro intervino

—¿Estás comparando el rechazo del acusado hacia Dios con tu rebelión?

—No —Satanás se puso serio—. Mi rebelión fue por orgullo. La de Tomás fue por honestidad intelectual. Yo quería ser como Dios, suerte que no lo logré—murmuró entre dientes—. Él simplemente no vio evidencia suficiente para creer. Si vamos a condenar la honestidad…pues preparo mi olla

—Suficiente —Dios levantó una mano—. Tu tiempo terminó

—Una última cosa —Satanás se levantó—. Tomás vivió una vida más moral que muchos de tus santos. Revisas los archivos de tus protegidos y héroes, veras que falta gente en el infierno. Siguiendo el tema que nos atañe, Tomás vivió sin promesa de recompensa, sin miedo al castigo. ¿No es esa la forma más pura de bondad? ¿La que no espera nada a cambio?, sin la hipocresía de la bondad porque esperamos nos den algo a cambio…una migaja de un reino

—FUERA —ordenó Dios

Mientras Satanás salía, le guiñó un ojo a Tomás. «Al menos lo intenté», pareció decir el gesto

—ALGÚN OTRO TESTIGO —preguntó Dios con una voz que parecía que haría caer todo el universo

Jesús se quedó sin palabras, los ojos se le aguaron, no le salía la voz; ya con un esfuerzo digno de un mesías dijo:

—Mi segundo testigo será —dudo por un momento— Judas Iscariotes

—Peor no puede ser —exclamó Dios— pero estoy acostumbrado a tus desafíos y tus incoherencias

Judas entró como perro apaleado. La soga todavía marcada en el cuello. Los ojos brotados, su cuerpo era un conjunto de huesos que podía caminar

—Judas Iscariote. Gracias por venir—le dijo Jesús—

—Como si tuviera opción, pero recuerda que no somos amigos, ni siquiera quiero saber de ti, lo hago para ver si existe la remota posibilidad de que un alma se salve de este teatro

Su voz era papel de lija sobre vidrio roto

—¿Puede decirnos sobre las decisiones y sus consecuencias? —preguntó Jesús—

Judas finalmente levantó la vista, y el dolor en sus ojos era oceánico

—Yo creía, oh, cómo creía en este—señalando a Jesús—, perdón, seguí al Mesías, vi los milagros, escuché las parábolas. Y aún así… aún así lo traicioné. Por treinta monedas de plata. El precio de un esclavo

—¿Y eso cómo ayuda a mi cliente? — preguntó San Pedro con sarcasmo —

Podemos dejar esta testificación aquí. Bajo este ritmo, habrá que resucitar al testigo…verdad que aquí tenemos a quien resucitó de entre los muertos—indicó San Pedro, mientras miraba fijamente a Jesús—

—Porque yo, que creía, cometí el peor pecado. Y él, que no creía, vivió una vida de servicio. ¿Quién es más culpable? ¿El que rechaza por convicción o el que acepta y traiciona? —exclamó Judas con dolor—

—Ambos son culpables. Siguiente pregunta, —Ordenó Dios—

Jesús se removió incómodo

Judas, ¿crees que la misericordia divina…?

—¿Misericordia? —Judas rió amargamente—. Llevo dos mil años en el círculo más profundo del infierno. Cada día revivo el momento del beso. Cada noche sueño con esas treinta monedas. ¿Dónde está la misericordia para mí?

—Bueno… —Jesús no supo qué decir.

Pero Judas no había terminado

—Déjame preguntarte algo, Maestro. Dijiste que morirías por todos los pecadores. ¿Moriste por mí? ¿O fui solo el villano necesario en tu historia de salvación?

—Judas se tocó la soga marcada en el cuello—. ¿Sabes lo peor, Jesús? Que si volviera atrás, lo haría otra vez. En toda historia tiene que haber un villano para que haya un héroe

El silencio fue… no sé. ¿Cómo describes un silencio que pesa toneladas?

No más preguntas su señoría —dijo Jesús, mientras miraba al suelo—

San Pedro se levantó con renovado vigor. Seguía con su show. Más imágenes. El taller de Tomás empleando ex-convictos («Orgullo disfrazado de caridad»). Las cunas gratis para el orfanato («Intentando demostrar que no necesita a Dios»)

—Permítame resumir lo que hemos escuchado. Abraham nos mostró que la fe verdadera no cuestiona. Job nos enseñó que incluso en el sufrimiento extremo, la fe persiste. Los testigos de la defensa… bueno, un demonio y un traidor difícilmente son referencias morales

—Ahora —continuó—, examinemos la vida del acusado con mayor detalle

Más imágenes holográficas llenaron el aire

—Edad 35. Fundó un taller que empleaba a exconvictos. Noble, dirán algunos. Yo digo: orgullo. Querer demostrar que la bondad no necesita a Dios. Cada acto de caridad, una blasfemia implícita

—¡Eso es ridículo! —Tomás no pudo contenerse más

—¿QUIERE AÑADIR DESACATO A SUS CARGOS? —la voz de Dios hizo temblar las columnas celestiales

—¿Por qué condenar a un hombre bueno? —preguntó Tomás.

—Precisamente por eso —sonrió San Pedro—. ¿Qué mayor insulto para Dios que ser bueno sin necesitarlo?

—Su Señoría —intervino Jesús débilmente—, mi cliente está bajo mucho estrés…

—Tu cliente está bajo juicio —corrigió Dios—. Que es exactamente donde debe estar. Continúe, San Pedro

—Nada más, su señoría —indicó San Pedro—

—Perfecto. Definitivamente eres mi colaborador más confiable —observó Dios—

—Tomemos un descaso. Este trajín de vida no es vida—indicó Dios—

Durante el receso, llevaron a Tomás a una sala de espera

Estaba llena. Era un grupo ecléctico: una doctora científica que había dedicado su vida a curar enfermedades raras, un maestro budista que había fundado hospitales en Asia, una filántropa agnóstica que había salvado miles de vidas con sus programas de agua potable

La doctora que parecía que no había dormido en siglos. El monje budista flotando en posición de loto. La filántropa tenía ojos bondadosos. había un creyente con cara de haber vivido mucho, entre mucho otros; es decir, millones, millones y millones de almas que habían sido enjuiciadas

—Primer juicio, ¿eh? Se nota por la indignación. Eso se pasa

La doctora hablaba como quien ha repetido esto mil veces

—¿Cómo que primer juicio? ¿Qué significa eso? —preguntó Tomás—

Nadie respondió

—¿Cuánto tiempo llevan esperando?

—El tiempo es relativo aquí. Podría ser minutos o milenios. Mi juicio fue ayer, o quizás el siglo pasado

El monje ni abrió los ojos

—¿También por no creer?

—Por creer en lo equivocado. Aparentemente, alcanzar la iluminación sin aceptar a Yahvé es imperdonable. Cuarenta años de meditación, compasión y servicio, reducidos a «idolatría oriental»

La millonaria se rió con cara de querer devolver el tiempo

—Mi caso fue especialmente divertido. Salvé aproximadamente 50,000 vidas con mis proyectos de agua potable en África. ¿La respuesta del fiscal? Que lo hice por ego, no por Dios. Que cada vida salvada sin dar gloria a Dios era un acto de soberbia

—Esto es una locura —murmuró Tomás.

—No —corrigió la científica—. Es perfectamente lógico si aceptas la premisa inicial: que la fe es más importante que las obras. Una vez que aceptas eso, todo lo demás sigue. Es un sistema herméticamente cerrado

—Mira aquí a nuestro distinguido colega, no recuerdo su nombre—dijo la científica con voz de decepción—el creyente. El solo creyó, pero hizo de todo y a todos, y su castigo será, tres meses terrestres en el limbo y después al paraíso, coño

—ehhh, debo indicar que es verdad que tuve mis pequeños errores, pero…—en ese momento intervino la millonaria—

—Me dices que tener 10 muchachos de diferentes mujeres, entre ellas 4 menores de edad de la misma iglesia donde ibas, que bebías todos los días, usabas drogas, no mantenías ninguno de tus hijos, llegaste a robar en tu trabajo. Coño, un día antes de tu muerte estabas en un prostíbulo y de ahí saliste e hiciste una orgia, y tu único jodido mérito es haber dicho “Padre perdonane”, no coño, así no…ahhh, y acababas de.. —en ese momento lo interrumpió el creyente—

—Yo solo dije ‘Perdóname’ una vez —susurró el creyente

—Y justo después de violar a esa niña —lo interrumpió la filántropa

Él sonrió. —Pero me arrepentí. Eso cuenta, ¿no?»

El creyente se quedó callado, se encogió de brazo y dijo “así es la vida”

—¿Nadie ha ganado un caso? —Preguntó Tomás—

—Hay rumores —dijo el monje— de que hace eones, alguien casi gana. Un niño que murió antes de la edad de razón, pero después del bautismo. Técnicamente sin pecado personal, técnicamente creyente por proxy. El juicio duró tres siglos de deliberación

—¿Y?

—Al final lo mandaron al Limbo. Mejor que el infierno, pero no exactamente el paraíso

Raziel apareció flotando

—Tomás Herrera, el receso ha terminado. Es hora de los alegatos finales

De vuelta en la sala del tribunal, la atmósfera se había vuelto aún más opresiva. Dios parecía haberse vuelto más grande, o quizás todo lo demás se había encogido. San Pedro se preparaba para su momento culminante con la satisfacción de un verdugo afilando su hacha

San Pedro se preparó como boxeador antes del último round. Casi podías oler la testosterona celestial

—Señoría del Universo, hemos examinado una vida. No cualquier vida, sino una que representa la más insidiosa de las rebeliones: la rebelión silenciosa, la negación cortés, el rechazo educado de lo divino

Caminó frente al estrado, cada paso calculado para máximo efecto

—Tomás Herrera tuvo 19,358 días para aceptar la verdad. Tuvo la belleza del amanecer gritando Tu gloria cada mañana. Tuvo el milagro del nacimiento de sus hijos demostrando Tu poder creativo. Tuvo el amor de su esposa reflejando Tu amor divino. Y ante toda esta evidencia, ¿qué eligió? La ceguera voluntaria

—Pero seamos específicos —San Pedro desplegó otro pergamino—. El acusado no solo no creyó. Activamente promovió la incredulidad. Cuando su hermano menor consideraba entrar al seminario, ¿qué le dijo? «Asegúrate de que es tu decisión, no la de mamá». Plantó la semilla de la duda

—Cuando sus hijos preguntaban sobre Dios, ¿qué respondía? «Algunas personas creen, otras no. Lo importante es ser bueno». ¡Relativismo moral disfrazado de tolerancia!

San Pedro se volvió hacia Tomás

—Y lo peor de todo: fue feliz. Vivió una vida plena, satisfactoria, amorosa, sin Ti. Cada día de felicidad sin Dios fue una declaración de independencia, un manifiesto que dice: «No te necesito». ¿Qué mayor blasfemia existe?

—Consideremos las implicaciones —continuó—. Si permitimos que Tomás Herrera entre al Paraíso, ¿qué mensaje enviamos? ¿Que la fe es opcional? ¿Que las buenas obras sin reconocimiento divino son suficientes? Sería el colapso de todo el orden moral del universo.

—No, Señoría. Tomás Herrera debe ser condenado no a pesar de sus buenas obras, sino precisamente por ellas. Porque demostró que intentó usurpar Tu lugar como fuente de moralidad. Cada acto de bondad sin Ti fue un acto de rebelión cósmica

—La acusación solicita la pena máxima: condenación eterna, sin posibilidad de apelación ni clemencia. Es lo justo. Es lo necesario. Es lo divino

San Pedro regresó a su asiento con la satisfacción del trabajo bien hecho

—Impresionante —comentó Dios—. Defensa, su turno. Intente no avergonzarme más de lo habitual

Jesús se levantó lentamente. Por un momento, Tomás creyó ver un destello del fuego que una vez inspiró a multitudes, pero se apagó tan rápido que pudo haber sido su imaginación

—Su Señoría… Padre… —comenzó con voz apenas audible—. Todo lo que ha dicho el fiscal es… técnicamente correcto

Murmullos de sorpresa recorrieron la galería angelical. Incluso San Pedro pareció desconcertado

—Mi cliente no creyó. Eso es un hecho. Vivió una vida buena sin reconocer la fuente de bondad. También es cierto. No tengo argumentos contra los hechos

—Entonces, ¿qué haces ahí parado? —gruñó Dios—. Si vas a estar de acuerdo con todo, al menos siéntate y ahórranos tiempo

—Solo… —Jesús parecía luchar con las palabras—. Solo quería decir que… que Tomás fue el tipo de persona que… que cuando yo estuve en la tierra, habría…

—¿Habrías qué? —Dios se inclinó hacia adelante—. ¿Habrías cenado con él? ¿Lo habrías llamado a ser discípulo? ¿Un ateo?

—Yo… no sé —Jesús se derrumbó—. Ya no sé nada. Solía estar tan seguro sobre el amor, sobre la misericordia, sobre las segundas oportunidades. Pero tienes razón, Padre. La ley es la ley. La fe es requisito. Sin ella…

Dejó la frase sin terminar y regresó a su asiento, derrotado

—¿Eso es todo? —Tomás no pudo evitar preguntar—. ¿Ese es mi gran defensor? ¿El que murió por los pecadores no puede encontrar una palabra en mi defensa?

Jesús no levantó la vista

—Las palabras no cambian los hechos. No creíste. Fin de la historia

Dios se levantó. El universo tembló. Las moléculas se detuvieron

—Tomás Herrera. Has sido juzgado y hallado culpable. Antes de dictar sentencia, la costumbre dicta que se te permita hablar. Úsalo sabiamente

Tomás se levantó. Le temblaban las piernas, pero su voz salió firme. Como cuando le dijo a los narcos que no iba a hacer muebles para esconder droga. Firme, aunque supiera las consecuencias

—No voy a pedir perdón por no creer. No puedo. Sería una mentira, y he vivido toda mi vida intentando ser honesto

—Mala elección de últimas palabras—murmuró San Pedro.

—Viví según mi conciencia. Amé a mi familia. Ayudé a quien pude. No robé, no mentí, no lastimé a propósito. Si eso no es suficiente…

—No lo es. La bondad sin reconocimiento divino es como una pintura hermosa en la oscuridad. Puede existir, pero carece de significado—interrumpió Dios—

—Entonces condéname. Pero condéname por lo que soy, no por lo que no pude ser. No pude creer. Lo intenté, de joven. Busqué señales, esperé revelaciones. El silencio fue ensordecedor

—YO NO ESTABA EN SILENCIO —tronó Dios— ESTABA EN CADA ÁTOMO DE LA CREACIÓN

—Para ti, tal vez. Para mí, solo vi átomos. Hermosos, complejos, fascinantes átomos. Pero átomos al fin

Un silencio profundo cayó sobre la corte

—Última oportunidad. Arrodíllate ahora, acepta mi existencia, proclama tu fe, y todo será perdonado

Tomás miró a Jesús. Por un momento sus ojos se encontraron. ¿Había súplica ahí? ¿O solo resignación?

—Si me arrodillo ahora, sería por miedo, no por fe. Y una vida honesta merece una muerte honesta. No puedo creer. Ni siquiera para salvarme

—Entonces está decidido. Tomás Herrera, por el crimen de ateísmo persistente, por la soberbia de la incredulidad, por el pecado de bondad sin Dios, te condeno a la separación eterna

El martillo cayó. Sonó como tu corazón rompiéndose, pero amplificado por infinito

—Sin embargo —Dios hizo una pausa— en mi infinita… justicia, he decidido crear un nuevo círculo del infierno. El Círculo de los Virtuosos Incrédulos. No sufrirás tormentos físicos. Tu castigo será exactamente lo que elegiste en vida: existir sin Mi presencia. Por la eternidad

—¿Eso es… misericordia? —preguntó alguien en la galería

—Es justicia —corrigió Dios—. Le doy exactamente lo que pidió: un universo sin Dios. Que lo disfrute

No era fuego y azufre. Era peor

Era nada

Dos ángeles guardianes se materializaron junto a Tomás

—Un momento —Tomás miró una vez más a Jesús—. Una pregunta para mi defensor. En los evangelios decías «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores». ¿Qué hay de los justos incrédulos?

—Ya se sabe los evangelios —Murmuró San Pedro—

Jesús abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir

—Yo… esa es una buena… —miró a su Padre, luego de vuelta a Tomás—. Supongo que no pensé en eso

—Suficiente charla —ordenó Dios—. Llévenselo

Mientras era escoltado fuera, Tomás escuchó a Dios dirigirse a Jesús

—Decepcionante como siempre, hijo. A veces me pregunto por qué mantengo esta farsa del defensor

—Porque incluso tú necesitas aparentar justicia —la respuesta de Jesús fue tan suave que Tomás casi no la escuchó—. Aunque hayamos olvidado qué significa

Mientras los ángeles lo arrastraban, Tomás vio a un niño en el Paraíso, abrazando al hombre que lo había asesinado. ‘Creí’, dijo el asesino, y fue suficiente

Tomás descargos su impotencia haciendo preguntas “La doctora, el monje, la millonaria, millones de gente. Maestros que enseñaron por amor, no por Dios. Científicos que curaron enfermedades sin dar gracias al cielo. Artistas que crearon belleza porque sí

—¿Esto es todo? ¿Solo… existimos?

—Oh, hay más. Podemos ver el Paraíso. Cortesía de la «justicia» divina

– Un inquisidor que quemó «herejes»

– Un conquistador que masacró indígenas «en nombre de Dios»

– Un pastor que se hizo rico vendiendo «agua milagrosa»

– Un político que robó millones, pero iba a misa todos los domingos

Todos felices. Todos perdonados. Todos en el Paraíso porque creyeron”

—Ellos creyeron. Eso borra todo lo demás —Espetó San Pedro de manera colérica, mientras Dios asentía—

junio 27, 2025
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Escritos Godotte

Memorias de un verdugo

by Poemas Godotte junio 27, 2025

Nunca duermo antes del alba. Las noches son largas, y en ellas, los condenados regresan. No como fantasmas, sino como recuerdos que se aferran a mi piel, como jirones de sus últimas palabras, de sus miradas perdidas en el vacío. A veces, en el silencio de mi cuarto, aún escucho el crujido de sus vértebras al quebrarse, el golpe seco del hacha contra el tajo, el sollozo ahogado de aquel muchacho que, antes de caer en la trampilla, gritó el nombre de una mujer

¿Amante? ¿Madre? Nunca lo sabré

Llevo veintitrés años en este oficio. Mi padre lo hizo antes que yo, y su padre antes que él. En esta ciudad, los verdugos nacen, no se hacen. Desde niño, supe que el hacha que colgaba sobre la chimenea no era un adorno. Era un destino. Mi padre me llevó a mi primera ejecución a los doce años. El reo era un ladrón que había matado a un mercader. Recuerdo su respiración agitada, el modo en que forcejeó cuando lo arrastraron al cadalso. Pero lo que nunca olvidé fue su último suspiro, ese instante en que la vida se le escapó como un hilillo de saliva por la comisura de los labios

—Así se hace —dijo mi padre, dándome una palmada en la espalda—. Solo es un perro rabioso

Pero los perros no lloran

El primer hombre al que ejecuté tenía el rostro marcado por la viruela. Se llamaba Gregor, o al menos eso dijo el alguacil. No habló, no suplicó. Solo me miró fijamente mientras le colocaba la soga al cuello. Sus ojos eran dos pozos negros, y en ellos vi algo que no esperaba: piedad. No por él, sino por mí

—Que Dios tenga más misericordia de usted que la que usted ha tenido conmigo —murmuró

Luego, la trampilla cedió

Desde entonces, he matado a hombres fuertes que se orinaron al ver el patíbulo, a mujeres que maldijeron mi nombre, a jóvenes que balbucearon rezos entre dientes. Una vez, un poeta condenado por blasfemia me sonrió y dijo:

—¿Cree que alguien llorará por usted cuando sea su turno?

No respondí. Pero esa noche, por primera vez, vomité

No soy un hombre cruel. No disfruto esto. Pero alguien debe hacerlo. El pueblo exige sangre cuando hay crimen, los jueces firman sentencias, los sacerdotes bendicen la justicia. Yo solo soy la mano que cumple

Pero las manos tienen memoria

A veces, en la taberna, los borrachos me llaman «Señor de la Horca» y me pagan tragos para que cuente historias de los ajusticiados. Ríen cuando describo cómo un asesino suplicó por su vida, cómo un noble orgulloso se desmayó antes de que le cortaran la cabeza. Pero cuando regreso a mi casa, sus risas se convierten en los gritos que intento ahogar con aguardiente

El peor fue un muchacho. No tendría más de diecisiete años. Lo acusaron de robar pan. Cuando lo subieron al cadalso, temblaba como un cervatillo herido

—Por favor —me dijo—, no lo haga

Su voz era la de mi hijo

Apreté los dientes y tiré de la palanca

Esa noche soñé que era él. Que mis propias manos me colocaban el nudo corredizo, que yo mismo abría la trampilla bajo mis pies.

Desperté gritando

Ahora, cuando cierro los ojos, no veo la oscuridad. Veo sus rostros. Todos ellos

¿Habrá redención para un hombre como yo? No lo sé. Pero si el infierno existe, ya lo he visto. Y no está en el más allá

Está en el instante en que sus ojos pierden el brillo, y yo sigo vivo.

junio 27, 2025
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Escritos Godotte

Al final del día

by Poemas Godotte junio 19, 2025

Antología: Voces que se apagan con dignidad

Poemas escritos para quienes han vivido sin manual, con heridas, con amor torpe, con coraje, con miedo; pero, sobre todo, con verdad.

Dedicatoria

A quienes llegaron sin haberlo entendido todo,
pero con el alma en paz.
A los que supieron soltar,
perdonar,
y sentarse en silencio consigo mismos
antes de que se hiciera de noche

Al final del día

El sol cae lento tras el cerro,
como ese caballo viejo
que ya no levanta trote
pero sigue en pie.
Y yo, igual,
con la espalda doblada por los años
y el alma…por fin; en paz

Mis pasos, duros como piedra de molino,
han dibujado este camino torcido:
atajos que terminaron en barranco,
cumbres desde donde sólo vi niebla,
y cruces donde debí torcer… y no lo hice.
Qué más da.
El tiempo, ese viejo compadre,
me enseñó que incluso lo mal andado
también lleva a alguna parte

Hubo tardes de orujo y maldiciones,
noches de pelea y dientes rotos.
Amé con torpeza de oso,
herí sin ver la sangre,
guardé orgullos que debieron ser abrazos
Tuve miedo de entregarme,
de decir te quiero a tiempo,
de quedarme cuando debía,
de irme cuando era necesario.
Pero también, en medio de todo,
fui verdadero

Hoy no tengo remordimientos,
porque pedí perdón donde debía,
porque bajé la voz cuando entendí,
porque hice las paces con mi sombra
antes de que se alargara demasiado

Aquí están mis manos:
gastadas como monedas viejas,
pero útiles todavía.
Y esta voz,
ronca de tanto callar y gritar,
de tanto cantar desafinado en las cantinas del alma.
No pido disculpas,
no espero homenajes.
Sólo esta hora tranquila,
este momento exacto
en que todo lo vivido
y todo lo pendiente
se funden en una sola sombra
que se estira serena hacia el poniente

Ese muchacho que fui,
el que soñaba con lo imposible,
el hombre que cargué a cuestas tantos años,
y el anciano que ya asoma
se sientan hoy
alrededor del mismo vaso,
como viejos conocidos
que, por fin,
han dejado de juzgarse

La vida duele, claro,
pero es un dolor conocido,
como el del roble
cuando le crecen nuevas grietas.
No hice todo,
pero lo intenté.
Y eso, créeme,
es más que suficiente

Qué raro milagro haber llegado hasta aquí,
con el corazón machucado pero entero,
habiendo peleado tan mal
y tan bien a la vez

La noche viene,
pero no tengo prisa.
Dejo que la luz se vaya despacio,
como yo mismo,
sin aspavientos,
acariciando la tierra
con mi sombra que se alarga.
Y cuando el día se apague del todo,
no habrá miedo.
Sólo gratitud

Porque lo viví.
Porque lo dije.
Porque lo sentí

Y porque, al final,
supe hacer las paces con todo.

junio 19, 2025
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Escritos Godotte

Atrévete

by Poemas Godotte junio 19, 2025

Atrévete.
Atrévete a no repetir lo que escuchaste,
a no encajar, a no quedarte quieto en lo que te dijeron que debías ser.
Atrévete a ser tu propio milagro,
aunque tiemble el suelo bajo tus pies,
aunque te llamen loco o ingenuo, aunque nadie aplauda

Atrévete a caminar con la sola brújula de tu corazón,
a no esperar el permiso de nadie,
a moverte con el simple sonido de la brisa,
con el hambre de los que no se conforman.
Atrévete a desobedecer el miedo,
a mirarte frente al espejo y no sentir vergüenza

Atrévete a intentarlo,
aunque fracases, aunque sangres por dentro, aunque te detestes por un segundo.
Atrévete porque aún con las manos vacías,
seguirás siendo alguien que lo intentó,
y eso, créeme, es más de lo que muchos se atreven

Mantén las ganas vivas,
el deseo encendido como un fuego que se niega a extinguirse.
No las apagues por quienes no las entienden.
No las escondas por quienes viven de su renuncia.
Sigue.
Aunque duela. Aunque te pierdas. Aunque no veas nada

Atrévete a amar.
Aunque no te amen. Aunque no resulte. Aunque te dejen sin un adiós.
Atrévete a dar sin cálculo, sin contrato, sin red de protección.
Al fin y al cabo, amar vale la pena de cualquier forma.
Incluso si terminas abrazando tu sombra,
incluso si el otro no se queda, si no vuelve, si no siente igual

No importa si las lágrimas vaciaron tu alma,
si te dejaron solo frente a tu propia historia,
si te arrancaron el pecho y se llevaron los planes.
Cualquier momento verdadero,
vale un infierno de olvido

La existencia es caos,
es desorden, trauma, ruina…
pero con todo eso, vivir es hermoso.
Con todo eso, vale la pena

Vale la pena levantarse sin saber para qué.
Buscar algo, aunque no sepas qué es.
Caminar hacia una promesa, aunque no exista.
Iniciar la marcha con la única certeza
de que tu alma no quiere morir anestesiada

Y si no lo encontramos,
lo inventamos.
Lo nombramos.
Y le damos sentido a la búsqueda.
A ese impulso inexplicable que nos empuja
a querer más,
a romper la piel del mundo
con las manos desnudas

Atrévete.
No porque sea fácil.
Sino porque es lo único
que puede salvarte.

junio 19, 2025
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Escritos Godotte

A mi manera, siempre

by Poemas Godotte junio 14, 2025

No sé amar como se espera,
no sé decir te quiero con la boca llena,
pero lo dije con los días,
con los silencios que no pesaban,
con los regresos que nunca hicieron ruido

Yo estuve.
Aunque no firmara promesas,
aunque mis gestos no tuvieran cintas ni aplausos.
Estuve como el árbol que nadie mira,
pero que siempre da sombra

Te quise, sí,
a mi manera torpe,
como se quiere cuando el alma aprendió a hablar
en otro idioma.
No con flores, ni poemas,
sino con puertas abiertas
y un lugar a la mesa

Tú esperabas la música,
y yo ofrecía el silencio compartido.
Esperabas fuego,
y yo te fui leña seca, constante,
lista para arder cuando hiciera falta

No supe ser refugio,
ni altura,
ni respuesta.
Pero fui suelo firme
bajo tus caídas

Nunca te falté.
Ni en los días grises,
ni cuando tu voz dolía,
ni cuando el amor ya no estaba

Te quise.
No como merecías,
quizás.
Pero no digas que no te quise.
No me quites esa verdad.

junio 14, 2025
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Escritos Godotte

Mi cuerpo

by Poemas Godotte junio 2, 2025

Lo usé
Mi cuerpo
Y no me da vergüenza decirlo
Lo usé como se usa el último fósforo
en una noche fría
Como se muerde una fruta madura
antes de que se pudra en la mesa

Fui mía
Entera
En cada cama donde no me prometieron nada,
pero donde yo elegí quedarme
un rato

A veces lo hice por deseo,
otras por rabia,
y más de una vez
por no quedarme sola con mi sombra
Pero nunca, nunca,
para llenar un vacío
Que no me vengan con eso

No fui objeto de nadie
Fui incendio
Fui tormenta breve
Y si alguien no supo cómo tocarme,
no fue mi culpa

Me encantó sentirme piel,
sentirme pulso,
sentirme vida latiendo contra otra vida
No pedí flores
No pedí que se quedaran
Pedí que me usaran con la boca,
que me apretaran el alma con los muslos,
que me dijeran cosas que no dijeran nada
pero me hicieran reír
después

¿Es pecado eso?
¿Gozar sin cadenas?
¿Sentir sin facturas emocionales?

Que me juzgue quien quiera,
yo me conozco
Y sé que cada vez que cerré los ojos
y dejé que las manos me leyeran como un libro sin tapas,
lo hice despierta,
presente,
sin culpa

Nadie puede decir que no me viví
Que no me supe
Que no me recorrí desde dentro
hasta afuera

¿Quién dijo que las mujeres tenemos que esperar
a que nos amen para abrirnos?
No
Yo abrí porque quise
Porque algo adentro mío rugía
y me negué a callarlo

Y si un día la edad me alcanza
y ya no tiemble igual cuando me toquen,
podré mirarme al espejo
y saber que no me guardé
ni una sola caricia
por miedo a caer mal

Lo usé
Mi cuerpo
Con dignidad
Con hambre
Con alegría Y si eso molesta,
es porque aún hay quien no entiende
que el placer también puede ser
una forma de libertad.

junio 2, 2025
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Escritos Godotte

Microcuento: Hasta el último día

by Poemas Godotte mayo 28, 2025

Lucía tenía veinte años cuando Javier entró a la librería.

Él buscaba un libro. Caminaba entre los estantes tocando los lomos con el dedo índice. No leía los títulos. Solo tocaba.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó Lucía.

Javier la miró. Treinta años. Barba de tres días. Ojos cansados.

—Busco algo que me haga sentir otra vez.

Lucía no entendió qué significaba eso. Pero le dio «La Caída» de Camus. Porque era lo que tenía en la mano. Porque no sabía qué más darle.

Javier pagó. Ochocientos cincuenta pesos. Firmó el recibo aunque no era necesario. Quería que ella viera su nombre.

Se fue sin decir gracias.

Volvió el martes. Lucía estaba ordenando los estantes de atrás. Él esperó diez minutos parado junto a la puerta hasta que ella lo vio.

—Hola —dijo él.

—Hola —dijo ella.

Se quedaron en silencio. Treinta segundos. Cuarenta. Un minuto.

—El libro —dijo Javier—. Está bien.

—Me alegro.

Otro silencio. Lucía arregló su cabello detrás de la oreja. Javier miró los libros que ella sostenía.

—¿Necesitas ayuda con eso?

—No.

Pero se quedó de todas formas. La ayudó a ordenar durante dos horas. No hablaron mucho. Cuando terminaron, Javier compró otro libro. Uno que no iba a leer.

Empezó a ir todos los martes. Después los jueves también. Después cuando ella trabajaba.

No siempre compraba libros. A veces solo se sentaba en la silla junto al mostrador. Leía. Ella trabajaba. Compartían el silencio.

Un día Lucía le preguntó qué escribía. Él dijo que nada importante. Ella no insistió.

Otro día él le preguntó qué estudiaba. Ella dijo economía. Él preguntó por qué. Ella dijo que no sabía.

Así se conocieron. Sin las palabras importantes. Solo con las que sobraban después del trabajo.

La gente empezó a hablar.

«Él es muy viejo para ti», le decían a Lucía.

«Ella es muy joven», le decían a Javier.

Ninguno de los dos respondía. Porque no sabían qué decir. Porque tal vez la gente tenía razón.

Pero seguían viéndose. Los martes. Los jueves. Los sábados.

Hasta que un día Javier le tomó la mano. No dijo nada. Solo la tomó mientras caminaban por el parque después de la lluvia.

Lucía no apartó la mano. Pero tampoco la apretó.

Siguieron caminando.

Se casaron un viernes. En una casa prestada. Ocho personas. Un juez que leyó palabras que nadie escuchaba.

Lucía llevaba vestido blanco de lino. Javier una chaqueta vieja. No había flores. No había música.

Cuando el juez preguntó si aceptaba, Javier dijo:

—No puedo prometerte para siempre. Solo puedo prometerte hoy. Y mañana si llega.

Lucía lo miró. Esperaba algo más. Palabras bonitas. Promesas eternas.

Pero dijo:

—Acepto.

Y se casaron.

Vivieron. Como vive la gente que no espera nada excepcional.

Café en las mañanas. Trabajo durante el día. Cena en silencio. Dormir.

A veces hablaban. De libros. De noticias. De la renta que subía cada año.

A veces no hablaban. Solo existían en el mismo espacio. Eso era suficiente.

Las canas llegaron. Las arrugas. La lentitud en las escaleras.

Ninguno de los dos se quejó. Envejecer era parte del trato. El único trato real.

Javier cumplió ochenta. Lucía le hizo una cena. Nada especial. Arroz con pollo. Una vela.

Ese día el médico llamó. Quería verlos. Urgente.

En el consultorio el doctor dijo palabras técnicas. Esclerosis. Lateral. Amiotrófica. Progresión. Esperanza de vida.

Javier no preguntó nada. Lucía tampoco.

Salieron. Tomaron el bus a casa. No hablaron del tema.

Nunca hablaron del tema.

El cuerpo de Javier se fue apagando. Primero las manos. Luego las piernas. Luego todo.

Lucía lo cuidaba. Lo levantaba. Lo bañaba. Le daba de comer. Le limpiaba cuando era necesario.

No lo hacía con amor. Lo hacía porque era lo que había que hacer. Porque él era su esposo. Porque ese era el trato.

A veces, mientras lo bañaba, Lucía lloraba. En silencio. Para que él no escuchara.

Pero Javier escuchaba. Veía todo. Su conciencia intacta en un cuerpo muerto.

Quería decirle: puedes irte. No tienes que hacer esto. Busca otra vida.

Pero no podía hablar. Solo podía parpadear. Y mirar.

Y agradecer. Aunque tal vez no merecía gratitud. Tal vez solo merecía que lo dejaran morir solo.

Seis años después, Lucía empezó a olvidar.

Pequeñas cosas al principio. Dónde puso las llaves. Qué día era. El nombre del vecino.

Luego cosas más grandes. Cómo se llamaba su universidad. Cuándo se casó. Quién era el hombre en la silla de ruedas.

Javier lo vio. Supo lo que venía. Y sintió terror.

No por él. Ya estaba muerto en vida. Podía soportar eso.

Pero ella. Ella que lo había cuidado durante seis años. Ella que merecía descansar. Ella que ahora se perdería en su propia mente.

No era justo. Nada de esto era justo.

Un día Javier se levantó.

No sabe cómo. El cuerpo no debía poder. Los músculos estaban muertos. Los nervios cortados.

Pero se levantó. Con dolor. Con esfuerzo que partía huesos. Con voluntad que no sabía que tenía.

Se tambaleó hasta donde Lucía estaba sentada. Mirando la pared. Perdida.

—Lucía —dijo. La voz ronca después de seis años de silencio.

Ella lo miró. Sin reconocerlo. Sin miedo. Sin nada.

Javier le tomó la mano. Como había hecho cuarenta años atrás en el parque.

—Soy Javier —dijo—. Nos conocimos en una librería. Tú me diste un libro de Camus. Yo nunca te di las gracias.

Lucía no respondió. Solo miró sus manos unidas.

Javier la cuidó. Como ella lo había cuidado.

Le mostraba fotos. Le contaba historias. La bañaba. La vestía. Le daba de comer.

No sabía si ella entendía. Probablemente no.

Pero lo hacía de todas formas. Porque era lo que había que hacer. Porque ese era el trato.

Tres años. Levantarse cada día aunque el cuerpo gritaba que no podía. Fingir que esto tenía sentido. Fingir que valía la pena.

Hasta que una mañana Lucía no despertó.

Javier la vistió con el vestido azul. El que usaba para ocasiones especiales aunque no había habido ocasiones especiales en años.

Le peinó el cabello. Le puso las pantuflas que le regaló en su último cumpleaños.

La acostó en la cama. Se acostó junto a ella. Le tomó la mano.

Cerró los ojos.

Los encontraron tres días después. El vecino llamó a la policía porque olía mal.

Estaban en la cama. Manos unidas. Dos cuerpos viejos que alguna vez fueron jóvenes.

El policía que hizo el reporte escribió: «Muerte natural. Pareja de ancianos. Sin signos de violencia.»

Archivó el caso. Nadie preguntó más.

Nadie preguntó si habían sido felices. Si se habían amado. Si valió la pena.

Porque esas no son preguntas que se hacen a los muertos.

La librería donde se conocieron cerró hace quince años. Ahora es un banco. Nadie recuerda que ahí se vendían libros.

El libro de Camus que Javier compró ese primer día está en una caja. En un depósito. En algún lugar que nadie visita.

Las fotos de la boda están en un álbum. En casa de una sobrina que nunca los conoció bien. Que guarda el álbum porque se siente mal tirarlo pero nunca lo abre.

Los votos que prometieron. Los años que vivieron. El cuidado que se dieron.

Todo eso se fue con ellos. Como se va todo. Con el tiempo. Con el olvido. Con la muerte.

Pero hubo algo.

Algo que nadie vio. Que nadie documentó. Que nadie recordará.

Una mañana. Tal vez seis meses antes de que Lucía muriera. Tal vez un año.

Ella lo miró. Y por un segundo. Solo un segundo. Lo reconoció.

No dijo su nombre. No habló. Solo lo miró.

Y Javier supo. Que ella sabía. Que en algún lugar profundo. Donde el Alzheimer no llegaba. Ella todavía sabía quién era él.

Ese segundo fue suficiente.

No para justificar todo. No para darle sentido. No para hacer que valiera la pena.

Pero fue suficiente para que Javier cerrara los ojos esa última mañana. Sin arrepentirse.

Sin estar seguro de nada.

Solo con ese segundo. Guardado. Como prueba de algo que tal vez existió.

O tal vez no.

Este cuento termina aquí.

Sin moraleja. Sin lección. Sin verdad universal sobre el amor o la vida o la muerte.

Solo dos personas. Que se conocieron. Que envejecieron. Que murieron.

Como todos.

Sin nada excepcional. Sin nada memorable.

Solo la vida. Honesta. Brutal. Real.

Y tal vez eso es suficiente.

O tal vez no lo es.

Pero es todo lo que hay.

mayo 28, 2025
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Escritos Godotte

Madre, umbral del mundo

by Poemas Godotte mayo 24, 2025

Desde antes del despertar del alba,
cuando aún eras sombra y posibilidad en la danza del azar,
ella ya te amaba

No te había visto el rostro, eras desconocido,
pero su cuerpo ardía, con la Menorá, con tu nombre no dicho,
su vientre cantaba profecías de tu risa

Era Perséfone regresando del Hades,
trayendo en su vientre la primavera,
una primavera que no florecía en los campos,
sino en las arterias del amor sin promesas

La madre —
ese altar sagrado sin templo donde se oficia el mayor de los milagros,
la que sangra sin morir,
la que gime sin quejarse,
la que da sin pedir nada a cambio,
la que se deshace en silencios
y aún así permanece entera ante el caos del mundo

Oh, madre,
que fuiste Medea,
pero sin furia ni venganza:
solo amor vertido hasta quebrarse todos los huesos,
hasta disolverse la voluntad en la ternura

Amor que huele a pan, a fuego viejo,
a sábana tendida al sol después de la lluvia

Madre como Atenea,
que no necesita nacer para saber,
porque lo sabe todo desde el silencio de su útero,
desde el murmullo que antecede a la primera palabra

Fuiste historia antes de ser persona.
Te inscribieron en papiros sin firma,
en las cuevas donde los primeros hombres dibujaron tus senos
como signos de supervivencia,
como faros en mitad del hambre

Eres todas:
las que parieron en la guerra,
las que perdieron hijos en la peste,
las que no durmieron para coser futuro
mientras el mundo olvidaba pronunciar sus nombres

Tu sacrificio no tiene fecha,
ni decreto, ni marcha, ni vítores,
pero está escrito en la curva de tu espalda,
en las arrugas prematuras,
en los pechos que se ofrecieron hasta vaciarse,
como cántaros que no exigen ser llenados otra vez

Tú, que fuiste madre desde el instante en que concebiste el miedo,
madre cuando vomitabas la luz de cada mañana,
madre cuando el cuerpo se te partía en dos
y aún así decías: “vale la pena”

Tu amor no conoce balanza,
porque ama aún al hijo que se ha ido,
al que no agradece,
al que olvida, al no nacido,
al que duerme sin soñar,
al que se ha roto por dentro sin saber cómo decirlo

Eres diosa sin Olimpo,
Madre Tierra sin descanso,
Isis que reconstruye al hijo destrozado por la vida,
una y otra vez,
aunque tus manos tiemblen,
aunque el mundo no lo note.
Y aun así ríes,
con esa sonrisa que detiene el tiempo,
y en tu risa cabemos todos

Dicha es tenerte,
milagro que camina,
santuario en la cocina,
en la cama, en el umbral,
en el eco de una canción de cuna,
en la forma en que se dobla una toalla,
en la ternura con que corriges el mundo,
sin levantar la voz

Si algún día he de caer,
que sea en el regazo donde me gestaste,
donde aún late el origen,
donde el universo se recoge en silencio

Y si he de nacer otra vez,
que sea de ti,
siempre de ti,
solo de ti,
como oración que se repite en medio del vacío

Porque no hay mayor eternidad
que el corazón de una madre
que aún late cuando el mundo ya se ha detenido,
y guarda en su latido
la esperanza del todo,
cuando ya no queda nada.

mayo 24, 2025
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Escritos Godotte

A esta hora de nadie

by Poemas Godotte mayo 11, 2025

A esta hora de nadie,
cuando los relojes callan su goteo inútil
y el mundo finge dormir en paz,
mi alma se abre como un libro húmedo
que ya nadie lee

No es tu voz la que falta,
es el eco que no sabe a dónde ir.
Todo lo que no dijimos
se posa ahora sobre los muebles
como polvo obstinado

El viento no trae tu nombre,
pero algo en su tacto
me recuerda el frío de tus adioses.
No te has ido del todo,
sólo cambiaste de silencio

Los días han seguido su marcha
como trenes sin pasajeros,
y yo permanezco en la estación
viendo partir cosas que ya no espero

No fue amor, tal vez,
pero fue lo más cercano al incendio.
Y aún busco en las brasas
algún sentido,
algún susurro que me devuelva
al instante antes de perderte

No escribo esto por ti.
Lo sé ahora.
Escribo porque si no lo hiciera,
el dolor tendría que encontrar otra forma
de quedarse.

mayo 11, 2025
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Escritos Godotte

Cuando Eurídice cruzó la avenida

by Poemas Godotte mayo 10, 2025

Un día cualquiera —tan absurdo como todos—
ella cruzó la calle.
No era primavera ni domingo,
el cielo no prometía revelaciones.
Pero su paso fue un corte en la realidad,
como si el tiempo, aburrido de repetirse,
hubiera decidido reinventarse en su figura

No venía con promesas,
ni con la urgencia del deseo.
Era —simplemente—
una mujer que caminaba
y, sin saberlo,
iba arrancándole a la muerte su dominio sobre mí

Su piel blanca,
no como la nieve —que se derrite y huye—,
sino como los papiros antiguos,
como los huesos sagrados de los mitos,
guardaba en su silencio
una historia no escrita,
una llama antigua que ninguna costumbre pudo apagar

Y su pelo,
oscuro como el Aqueronte,
como el abismo que uno teme y desea a la vez,
iba cayendo sobre sus hombros
como caen las certezas
cuando uno se enamora

Yo,
que era apenas la sombra de un hombre,
un sobreviviente del tedio,
un Edipo que ya no quiere respuestas,
la vi,
y no supe qué nombre darle a lo que ocurrió

Tal vez fue el alma —esa palabra ya tan oxidada—
la que se estremeció.
Tal vez fue el recuerdo de lo que nunca tuve,
o el presentimiento de un paraíso al que no me está permitido entrar

Ella es esposa de otro.
Y eso le da la forma precisa a la tragedia.
Es lo que hace que la poesía duela
y que el mundo tenga, al fin, sentido

No la toqué.
Ni siquiera me atreví a hablarle con los ojos.
Pero desde aquel día
vivo como los que han visto a Dios
en la grieta de una pared,
y ya no pueden seguir fingiendo que nada pasó

Su paso fue la grieta.
Yo era el muro.
Y el tiempo, ese carcelero sin rostro,
ahora me vigila más de cerca

A veces imagino que me sonríe.
A veces creo que sus gestos,
tan triviales,
llevan una carga sagrada,
como si los antiguos dioses
habitaran en sus gestos
y quisieran decirme algo,
algo imposible, algo inútil…
algo hermoso

Desde entonces,
la soledad se volvió más nítida.
No más cruel, pero sí más consciente.
Ya no estoy solo en la oscuridad:
ella está en mi memoria,
como Eurídice en la espalda de Orfeo

Y vivo con el castigo de no mirar.
Porque mirar sería destruirlo todo.
Porque la vida —lo sé ahora—
está hecha de imposibles que no se tocan,
de presencias que duelen,
de milagros que solo existen cuando no se cumplen

No quiero salvarme.
No quiero tenerla.
Solo quiero que siga existiendo,
como un faro que no guía pero que impide naufragar

Yo, que antes creía que ya lo había perdido todo,
la vi cruzar la calle
y supe —por fin—
que aún me quedaba
algo que perder.

mayo 10, 2025
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Ramón Moya

La escritura, para quien escribe, es la catarsis del alma, tanto la propia como la ajena.

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